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TYSHA Y BOLKA |
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Bolka no ha llegado a ser una estrella gracias a un físico atractivo ni por contar con el abrigo de alguna poderosa productora, sino por el elevado número de cintas en las que ha participado en los últimos años. Cincuenta y cuatro, concretamente, que la acreditan como la actriz de zoofilia más prolífica del mundo durante la última década. Es bastante complicado encontrar un sex shop en el viejo continente que no disponga de alguno de sus títulos en sus estanterías, pero esto es algo que Bolka no sabe. Tampoco lleva la cuenta de las películas en las que ha participado y, en ocasiones, no consigue recordar cuánto le dijeron que le iban a pagar, o si realmente recibe lo acordado.
Todos los días, desde hace diez años, Bolka toma conciencia de la realidad con una dispepsia tan agresiva como si le estuvieran cauterizando el estómago, y que se convierte en una náusea fulminante que muchos días termina evacuando antes de llegar al retrete. A continuación, le asalta un dolor de cabeza tan tenaz que le impide fijar la vista en los objetos, y que no remite hasta que se toma un café y se mete el primer chute del día. Bolka Rodopi lleva diez años enganchada a inhalar un lubricante que hay almacenado en una fábrica de locomotoras abandonada a las afueras de Rasovo. Sus horas de mayor lucidez al día son después de ese primer café hasta que se mete el segundo chute. A partir de ese momento está sentenciada a no enterarse de nada para el resto del día. El espacio de tiempo que dista entre el primer y el segundo chute varía según su estado de ánimo, y comprende desde los quince minutos en un día malo hasta las tres horas en uno cojonudo. En ese tiempo le prepara otro café a su madre, le saca la ropa mientras ella se baña, le recoge el pelo en un moño y si hace buen día, le acompaña mientras hace sus labores en el huerto, aunque hablan poco. La madre de Bolka piensa que su hija es puta, y prefiere vivir lo que le queda de vida sin una confirmación. Poco antes de la hora del almuerzo, Bolka desaparece y no se le vuelve a ver el pelo hasta la mañana siguiente. Tysha llegó a Los Angeles hace cinco años, cuando tenía diecinueve. Nunca pretendió convertirse en una estrella de Hollywood, era perfectamente consciente tanto de sus aptitudes como de sus limitaciones, y cuanto menos tiempo perdiera en aspiraciones sin futuro, antes destacaría en lo que realmente venía a hacer. Durante el primer año trabajó en tres títulos bastante dignos, pero en productoras menores que no le permitirían acceder al star system, y si hay algo que Tysha siempre ha tenido claro es que quería pertenecer a algún tipo de élite. Si el destino disponía que esa élite fuese la del porno, amén, pues.
A pesar de su abultada filmografía no hay que pensar que todas las tardes en la vida de Bolka son un rodaje. De hecho, tan solo actúa en unas cinco o seis películas al año que suelen concentrarse durante los meses de verano, porque como el tema de los perritos siempre resulta campestre, las pelis suelen estar grabadas en exteriores, y en Bulgaria, por aquellos de mediados de septiembre, se levanta una rasca capaz de desmotivar a artistas, técnicos y semovientes. Muchas de esas tardes de invierno, para evitarle a su madre espectáculos innecesarios, Bolka busca refugio en la fábrica de locomotoras, donde viven varias familias de gitanos. Aunque algunos de ellos son toxicómanos, ella no tiene que compartir su baba negra con nadie. Todos los que se han animado a probarla en mitad de algún monazo de los que no discriminan nada han encontrado motivos para no volver a hacerlo. A Bolka, no obstante, le mola. Lo borra todo, hasta el frío. Bolka odia el frío.
A la salida del Kodak Theater, manadas de informáticos obesos y jugadores de rol se agolpaban berreando, ansiosos por respirar durante un segundo su maltrecha aura. Una puta cámara de MTV recogió el momento en el que Tysha, que no se hallaba de humor, abofeteaba a uno de sus fans que, al parecer, quería regalarle una postal de Río de Janeiro.
La primera vez que Bolka compartió escena con un perro no estaba lo suficientemente ida como para evitar que le asaltara una pregunta incómoda. ¿Alguien le habrá lavado la polla a este bicho? Cuatro personas componían el equipo, a parte de ella: Hristo, el director, que le había descubierto en la estación de autobuses de Pleven una semana atrás y que no terminó de informarle sobre el argumento de su película hasta que no se encontraban en mitad de un proceloso bosque de hayas, a varias horas de cualquier sitio habitado; el cámara, el técnico de sonido y uno que tomaba fotos. Si alguno de ellos tenía tal cometido entre sus obligaciones, lo estaba demorando preocupantemente. Hristo vaciló un instante, sorprendido de que esa yonki conservara las suficientes conexiones neuronales como para poder construir una pregunta tan oportuna. "Pues verás, querida, ese alsaciano tiene más pudor que tú y que yo juntos, algo que no es muy difícil, si abordamos el tema objetivamente. Se pasa el día entero obsesionado con su higiene personal. Mira, mira, qué pedazo lengua..." Bolka dio por hecho de que aquello se trataba de un 'no', así que ni corta ni perezosa, echó mano al bolso y sacó una botellita de agua de nardos que le había regalado su madre por navidad. Nacía así una costumbre muy provechosa, puesto que no solo desinfectaba el miembro que después tendría que meterse en la boca, sino que, además, rompía el hielo con su partenaire y se ahorraban todos sorpresas con la química a la hora de rodar. Tysha Fountaine acude dos veces por semana a un taller de interpretación que imparte John Malcovick en la Universidad de UCLA, no para pasarse a hacer películas serias, como muchas de sus compañeras pretenden y ocultan, sino para destacar sobre ellas, puesto que no es fácil destacar siendo la más guarra. Desde entonces, exige a su marido guiones con más diálogos y tramas más complejas, que encarecen el presupuesto y colocan a Ron en un compromiso frente a los jefes de Solomon's, obcecados en dar al público nada más que penetraciones triples y corridas tan torrenciales como la catástrofe de Biescas. En ocasiones, Tysha se plantea si no tendrá un número suficiente de seguidores como para garantizarle un hipotético salto de productora, tras una eventual ruptura matrimonial. Muy poquitas de las que han aspirado a una cosa así han logrado salirse con la suya sin ser desterradas del gremio.
Tysha descubre que el carpaccio de lamprea es repugnante, pero Ron es más que capaz de montarle un pollo delante de todo el mundo si no se deshace hasta de la última hueva. Después de hacerse millonario a los veintiséis años, el hijo de puta es más tacaño ahora que cuando vendía cromos de Warcraft. Ryan Idol, sentado a su izquierda, se ganó su antipatía después de que se empeñara en llevarles a una representación de ‘Troylus and Cressida’ el año pasado sólo para snobearles, porque sabía que se aburrirían tanto que no se les pasaría la mala hostia en una semana. Conviene evitar que ese puto maricón presencie alguna escenita que luego pueda propagar. Tysha aplica su técnica para tragar sustancias desagradables sin que le salten las lágrimas y deglute los viscosos filetillos con la ayuda de un Chateu Neuf du Pape. Mientras contiene una arcada, cruza fugazmente su mirada con la de Ron, que le lanza un beso. Ella se lo devuelve y Ryan celebra el instante: "That's so sweet!". En momentos como este, Tysha se consuela pensando en su padre, desde la convicción de que, tras cinco años en la cresta del porno, ya tiene que haberse enterado de a qué se dedica su hija. En lugar de una náusea fulminante, una suave melodía despierta a Bolka esta mañana. Ha dormido durante dos días, y la resaca del Isoflurano es dulce comparada con la de su baba negra. Un camillero gordo le recibe con una sonrisa sincera. Lleva rato sentado al su lado, agarrándole la mano. "Hola Bolka. Ahora no puedes hablar. Han tenido que operarte.., tres veces." Una hilera de camas blancas se alinean a su derecha, hasta llegar al infinito. Se oyen ruidos de bisagras, pasos de zuecos y toses. "No te preocupes por nada, volverás a ser tan guapa como antes." Pero el acompasado pizzicatto que le había despertado consigue imponerse y llegar hasta su cama como nitidez. "Escucha, Bolka, he visto tus películas. Creo que son maravillosas. Creo que tú eres maravillosa." A Bolka le gustaría saber a qué películas se refería. No consigue recordar cuándo fue la última vez que fue al cine. "Mira esto, Bolka. ¿Lo reconoces? Es Río de Janeiro." Bolka intenta enfocar sobre una postal que le muestra el camillero, pero resulta imposible a tan poca distancia. "¿Te gusta? ¿Te gustaría que te la regalara?" Bolka consigue asentir, y se da cuenta de que la tiene la cabeza completamente vendada. "Pues aquí te la dejo. Es tuya." El camillero deja la postal sobre la mesilla y se queda un segundo observándola. Si Bolka no estuviera tan sedada, notaría que tiene una sonda pinchada en su brazo, y que el camillero le acaricia con las yemas de los dedos la piel que la rodea. Sus ojos están acuosos, rebosando gratitud. "¿Te gustaría venir conmigo a Río de Janeiro? Para mí sería un privilegio que me acompañaras." Las partículas
de éter suspendidas en el ambiente bailaban sobre la hilera infinita
de camas, invisibles para los ojos de todos, al compás de la suave
melodía que llegaba desde el fondo.
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