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TESTIMONIOS |
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"¿Y si te digo, Jonathan, que no estás aquí para hablar de graffittis?". Esta es la pregunta que marca la diferencia entre controlar la situación o ser engullido por ella, entre ser héroe o víctima, entre el homenaje y el escarnio. Es la confirmación de las peores sospechas, que toman voz en la cabeza de Jonathan para gritarle: "¡Eres un pringao! ¡No les des lo que quieren! ¡No muevas un solo músculo de tu cara!". Y todas las esperanzas depositadas en él se esfuman: es un mal caso. Hasta hace
veinticuatro horas Jonathan no existía, estaba a salvo, pero fue
localizado."¿Sabes cómo se llama nuestro programa
de hoy?". Había sido delatado por medio de la más
sofisticada expresión de odio fraternal que podía llegar
a imaginar. "Pues se llama 'Estás agotando mi paciencia'."
¿Merecía él que le pasara algo así? Posiblemente,
pero ahora su cerebro no puede permitirse el lujo de entretenerse con
diagnósticos. Tiene que dedicar todo su potencial a salir bien
parado del envite. "¿Adivinas quién puede querer
decirte una cosa así?"
La verdadera responsable de esta situación es Iratxe, una redactora de un programa de testimonios. Testimonios es el nombre que reciben en el medio los programas de entrevistas con varios casos por episodio y cuyos invitados suelen ser gente anónima de la calle. En el resto del planeta se llaman talkshows. Iratxe no es una mala persona, simplemente le pagan por ello, pero el día a día es despiadado, y ha enturbiado su vida como una gota de tinta en un vaso de agua. Iratxe ha conseguido proyectar en sus invitados toda la rabia que siente por esta ciudad de mierda en la que ha coincidido con la desgracia. Bastante tiene con lo suyo como para importarle la vida de estos dos gañanes una vez que vuelvan a sus casas, y menos aún después de haberse revelado como un par de muermos, dejándola en evidencia delante de su director. Les había vendido con demasiada vehemencia como para que ahora la dejen así. La culpa es sólo de ella, por supuesto, pero si hay algo a lo que Iratxe tiene derecho es a odiar. Todas las cadenas de televisión tienen algún programa de testimonios porque son eficaces, baratos y muy rentables. Vistos desde casa parecen una fiesta, un breve ejemplo de la vida de cualquiera ofrecido con cordialidad y simpatía. Parece que se hacen solos. Pero habréis reparado en que este tipo de programas ya no son como eran hace dos otres temporadas. Ahora ya nunca vemos un pelotón de afectados por la colza, de anoréxicas o de marginados por su homosexualidad hablando en pasado. Ahora los programas de testimonios son "situacionales", más frívolos, más cotidianos. Ahora la tendencia marca que debe haber dos partes hablando de un conflicto que no está cerrado, y que uno de los dos tiene necesariamente que acudir al plató sin saber lo que le va a suceder.
Cada uno de ellos comenzó para Iratxe de la misma manera: recibiendo una hoja con los perfiles. Los perfiles son los modelos de casos que el director quiere tener en el plató el día de la emisión. Iratxe es de las que intenta pasarse por el forro estos perfiles y vender lo que encuentre, pero aún así no consigue dejar de impresionarse por lo precisos que son a veces y lo cercanos que pueden estar de la ciencia ficción: Mi novio no aguanta que sea streapper. Hoy quiero decirle que o acepta mi profesión o le daré un escarmiento... ¡me desnudaré en la tele!. Hija, perdóname por no querer pagarte la mamoplastia. Hoy quiero disculparme por no comprender tus inquietudes y sorprenderte... ¡te las regalaré cuando hagas la confirmación!. Luego están los perfiles comodín, realmente complicados de encontrar pero tan cotizados que raro es el programa en el que no los quieren, sea el tema que sea. Mamá, soy gay y tengo pareja. (Mejor si es un profesor suyo, si es negro o si es un pariente), o Quiero que un boy baile para la abuela, porque dice que el abuelo nunca le hizo nada así y quiero darle esta alegría antes de que diabetes la deje ciega. El siguiente paso consiste en acudir a la cantera. El noventa y cinco por cien de los casos que aparecen en estos programas provienen del mismo sitio: el 902, la línea telefónica que aparece en pantalla para que la gente llame para dar alguna opinión. Saray llamó hace dos semanas ignorando que eso le costaría la vida. "Hola, ¿eres Lorena?", "Pues no. Lorena está presentando un programa.", " Ponme con Lorena.", "A ver, vida, tú sueles ver nuestro programa, ¿no?", "Todos los días.", "¿Y recuerdas que alguna vez hayamos pasado una llamada en directo?", "Eje hay un chico en el público que es de mi barrio", "...¿y?...", "Y quería decirle a Lorena que lo hace muy bien." Saray no es menor de edad, simplemente es tonta, así que podría venir como invitada y parece ansiosa por hacerlo. En noventa segundos, la redactora descubre que le gusta Bustamante, que se quiere tatuar una bruja, que hace dos años que no ve a su prima de Elche y que está ahorrando para ir a Ibiza en verano.
Son las nueve y cuarenta de la noche y a Iratxe le falta un caso. Ella recogió la llamada de Saray dos semanas atrás y recordaba que le pareció una invitada en potencia, dispuesta a todo con tal de salir. Toda la redacción se ha tenido que quedar para buscar ese caso que le falta para cerrar el programa, pero sabe que nadie hará nada a parte de refunfuñar hasta que los jefes tengan a bien cerrárselo con siete. Iratxe está hambrienta, le ha bajado una regla especialmente puta y se va a perder 'Un paso adelante'. Tiene que conseguir a Saray. El problema no es Saray, sino el puto formato. Saray no basta sola. "A ver, Saray. El título del programa es 'Estás agotando mi paciencia.' ¿Tienes alguna persona a la que te gustaría decirle eso?" Pues no, realmente. Parece que Saray se lleva bien con todo el mundo. "¿Seguro?" Pozi. "¿Tienes hermanos?" Sí, una que está casada, tiene un hijo y es cajera y otro de veinte años. "¿Qué tal con el de veinte?" Bueno, va a su bola. Hace grafittiss y escucha hiphop. Siempre habla por su móvil y no ve la tele, por lo que Saray no encuentra motivos de conflicto con él. Y sin conflicto no hay caso. "Seguro que pone la música a todo volumen." Eso sí. "¿Y no te gustaría decirle que estás harta de su música y que vuelva a los estudios?... Porque él, ¿trabaja? Seguro que a tu madre le gustaría que volviera a estudiar."
Ahora viene lo realmente complicado: conseguir al hermano, que nunca ha llamado al programa y que no entenderá por qué Iratxe sabe de su existencia. Lo fácil es que venga al público, pero el director cree que será más espectacular si piensa que viene a un programa falso. Si Jonathan pertenece al setenta por cien de la gente que no quiere salir en la tele bajo ningún concepto, la redactora tendrá que empezar desde cero con otro caso que todavía no existe. La angustia devora sus entrañas. "Hola, Jonathan, me llamo Iratxe, soy redactora de Telecinco. Te explico por qué estoy hablando contigo. Resulta que tenemos una pequeña crisis en la redacción. Estamos preparando un programa para mañana que pretende ser un debate entre gente a la que le gusta vivir la calle y gente que dice que hay que hacer una carrera y sacarse una oposición. Estamos como locos buscando a alguien que sea graffittero, pero no uno de palo, uno auténtico de verdad. Tu hermana llamó hace un par de semanas y yo recuerdo que me habló de ti y hoy, jeje, me acabo de acordar. ¿Tu podrías venir mañana? Vamos a recogerte a casa y al terminar el programa te volvemos a dejar."
El hipotálamo de Jonathan no funciona como el de su hermana. Anda un poco trastocado por el speed y la marihuana, y lo que para ella se transforma en suave brisa veraniega, para él puede ser como un DC10 colisionando contra la Torre Norte. Pero, buff, salir en la tele es un palo. ¿Qué es lo que va decir? Se va a poner nervioso, tartamudeará, se trabucara, La Mala estará mirando. Aunque puede mangar un Orfidal de los que tiene su madre en el baño, eso le mantendrá cool. Además, quieren que haga un graffitti en un gran lienzo que van a instalar. Todo el programa parece diseñado para que pueda lucirse. Una ocasión así no se repite. Iratxe ha cerrado el programa. Les ha presentado en sociedad como dos chicos que, a pesar de su falta de estudios, tienen un excelente nivel oral y gran locuacidad. Son jóvenes, modernos y españoles. Tienen principios y un conflicto, que si bien no ha conseguido envenenar el buen rollo que siempre han tenido, crece como un quiste ignorado que conviene extirpar. No hay foto de ellos, pero seguro que son monísimos.
Son las once y cuarto y el "hasta mañana" de los compañeros suena como un esputo. Seguro que tienen sus cuadernos llenos de casos que podrían haber soltado hace seis horas, los muy bastardos. La redactora consigue alcanzar la cama con lo ovarios bramando y la serotonina por los suelos. Su director es amigo de su ex novio. ¿Sabrá cosas íntimas de ella? ¿Le habrá contado por qué cortaron? Mientras Iratxe se hace este tipo de preguntas, Jonathan manda frenéticos mensajes a todos sus colegas y Saray se prueba en secreto un top que ha comprado en Stradivarius. 'Estás agotando mi paciencia' se emite un miércoles 27 de enero a las 7:30 de la tarde. Consigue un modesto 14.8% de share y 956.000 espectadores en todo el territorio nacional. Había fútbol, qué le vamos a hacer. Iratxe amanece mejorada y con el consuelo de poder pasarse toda la jornada escribiendo e-mails y tocándose su ovulante chocho, puesto que su siguiente programa, 'No hay quien pueda con mi perro', aún está lejos, y ni siquiera le han pasado los perfiles. Al fin y al cabo, aunque hace frío, hace sol.
No era eso. Resulta que a Jonathan no le hizo ni puta gracia que su hermana le mintiera para llevarle a un programa de la tele en el que iba a aparecer ella por sorpresa para echarle una peta por no estudiar, gritar a su madre y pasarse el día tostao. Según el conductor, fueron todo el trayecto de regreso debatiendo profusamente este hecho. Aparentemente, Jonathan perdió el control una vez en casa tras recibir una serie de mensajes en su móvil procedentes de amigos suyos en los que estos últimos se mofaban de su intervención. Golpeó a Saray con ese mismo móvil hasta matarla. Ahora está arrestado e Iratxe tiene que ir a prestar declaración. Los encamisados son policías. Cuando nos
quejamos, ¡cuántos motivos nos faltan! Iratxe aprendió
esto a medida que su enmarronamiento en el caso se fue complicando. Jonathan
se había cargado a su hermana, de eso no había duda, pero
el detonante de todo había sido una imprudencia profesional de
la que, según todos los indicios, ella era la única responsable.
En un juicio posterior, se intentó determinar el grado de responsabilidad
que había tenido la redactora, y se llegó a la conclusión
de que en ningún momento se paró a valorar cuál podría
ser la reacción de su invitado cuando se diera cuenta de que había
sido engañado. Estaba demasiado cansada como para cargarse ella
misma el caso que necesitaba para cerrar su programa. No se encuentra
ninguna responsabilidad en el director, que le dio la orden de buscarlo,
ni en los guionistas, que moldearon toda la situación antes incluso
de que localizaran a los invitados, ni en la productora, que concibe y
patrocina este tipo de emboscadas.
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