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EL FUTURO DE ROSA “Operación Triunfo” mola. No me refiero a Naím Thomas haciendo abdominales ni a Gisela cantado "Eternal flame", sino a Rosa, la concursante gorda, practicando Tai Chi, atiborrándose a merluza o cruzando la pasarela. |
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Para todos aquellos que limitan su existencia a jugar a la Playstation
mientras se comen un gramo de coca o a los republicanos en el exilio que
no sintonizan TVE Internacional, les diré que “Operación Triunfo” es ese
formatillo creado por Endemol
y realizado en nuestro país por Gestmusic,
en el que dieciséis aspirantes a pop star tienen que pasar tres meses
en un centro de alto rendimiento mejorando sus técnicas de voz, aprendiendo
a bailar y desarrollando una serie de disciplinas que, a lo mejor, algún
día les ayudará a triunfar. Personalmente, soy de los que opinan que el
mejor sendero hacia el éxito es comerse la polla adecuada en el momento
adecuado, pero como nunca he tenido inquietudes tan elevadas como las
de estos chicos, no seré yo el que venga a bajarles del guindo.
Los chicos de la academia son, ante todo, excelentes compañeros. Da lo
mismo que a estas alturas tengan claro quiénes son los favoritos y quiénes
los paquetones a los que el jurado se empeña en eliminar semana tras semana.
Pase lo que pase, siempre se tendrán los unos a los otros. Y es que, a
parte de afinaciones, arpegios y técnicas de relajación, tienen que practicar
otro duro ejercicio para el que los profesores no les dan clases: fingir
que se adoran. Hasta la fecha no lo están haciendo mal. Veremos si consiguen
aguantar así mucho más tiempo.
El pasado de Rosa es una historia de la que todos hemos sido testigos.
¿Quién no ha tenido en clase algún gordo con evidentes síntomas de cretinismo
que olía a pis? ¿Y cuántas veces les hemos humillado con alguna coñita
tan punzante como falta de ingenio? La muchacha ha tenido el pudor de
no dar demasiados detalles de su vida, pero de sus comentarios durante
las primeras jornadas de programa podemos deducir unas cuantas cosas a
cerca de su adolescencia: Rosa no solo era la gorda de la clase. También
era la tonta. O por lo menos eso es lo que le hicieron creer, porque a
mi me parece que se expresa tan mal como la mayoría de la gente. Cierto
es que su dicción resulta un tanto obtusa, pero no creo que muchos de
sus compañeros hayan terminado locutando cuñas de radio. “Informe semanal”
nos regaló imágenes de ella cantando en la boda de un familiar, con el
suficiente oro en su cuello y muñecas como para duplicar su peso, blusona
holgada negra, flequillo cardado y gafas redondas enmarcando las ranuras
de sus ojos. Si en España pudiera aplicarse el término “white trash”,
Rosa absorbería en su generosa fisionomía hasta el último matiz de este
concepto. Pero como no hay mal que por bien no venga, todo esto hizo de
ella un ser rebosante de sencillez y modestia, valores muy apreciados
hoy en día que le han convertido en una estrella.
Y
conocerá en un flea market a William
Orbit, reputado productor musical que quedará hepatado ante sus encantos
y su timbre de voz, jurando convertirla en la Bjork del nuevo milenio.
Los engranajes del underground se pondrán en marcha para vomitar un producto
a la altura del potencial de la nueva diva. Roberto
Cavalli diseñará su estilismo, tapizándola hasta las cejas con pieles
de cebra, destellos y transparencias. La portada de su álbum le será encomendada
a David Dunan. Goldie
remezclará su primer sencillo, “Beholder”, cuyo videoclip será realizado
por Chris
Cunningham, que fabulará una fantasía metafórica sobre la pérdida
de peso en la que una criatura famélica practicará a nuestra Rosa una
cesárea de la que nacerán cinco clones biomecánicos con el mismo rostro
de su madre, y que se alejarán flotando sobre el desierto de Mojave envueltos
en túnicas negras mientras un doberman les contempla. |
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