EL FUTURO DE ROSA


Operación Triunfo” mola. No me refiero a Naím Thomas haciendo abdominales ni a Gisela cantado "Eternal flame", sino a Rosa, la concursante gorda, practicando Tai Chi, atiborrándose a merluza o cruzando la pasarela.
 

Para todos aquellos que limitan su existencia a jugar a la Playstation mientras se comen un gramo de coca o a los republicanos en el exilio que no sintonizan TVE Internacional, les diré que “Operación Triunfo” es ese formatillo creado por Endemol y realizado en nuestro país por Gestmusic, en el que dieciséis aspirantes a pop star tienen que pasar tres meses en un centro de alto rendimiento mejorando sus técnicas de voz, aprendiendo a bailar y desarrollando una serie de disciplinas que, a lo mejor, algún día les ayudará a triunfar. Personalmente, soy de los que opinan que el mejor sendero hacia el éxito es comerse la polla adecuada en el momento adecuado, pero como nunca he tenido inquietudes tan elevadas como las de estos chicos, no seré yo el que venga a bajarles del guindo.

Cada semana, los concursantes se curran un temita ligero, lo ejecutan en una gala y un jurado sugiere a cuatro de ellos que regresen a la caja del Caprabo o a encofrar fachadas. Los profesores rescatan a uno de éstos y los compañeros a otro. Entre los dos que quedan, el público decide con sus llamadas cuál será excretado hacia el más pavoroso de los olvidos. Pero lo más divertido de este tipo de programas consiste en imaginarse lo que los participantes deben de sentir y se esfuerzan por esconder. Y en este más que en ninguno, ya que sus guionistas están empeñados en privarnos de cualquier atisbo de mezquindad que sus muñecos puedan tener.

Los chicos de la academia son, ante todo, excelentes compañeros. Da lo mismo que a estas alturas tengan claro quiénes son los favoritos y quiénes los paquetones a los que el jurado se empeña en eliminar semana tras semana. Pase lo que pase, siempre se tendrán los unos a los otros. Y es que, a parte de afinaciones, arpegios y técnicas de relajación, tienen que practicar otro duro ejercicio para el que los profesores no les dan clases: fingir que se adoran. Hasta la fecha no lo están haciendo mal. Veremos si consiguen aguantar así mucho más tiempo.

Los malos rollos en los programas de este género son tan habituales como en los plenos de Hernani. Sin embargo, Gestmusic tiene gran habilidad para detectar en sus castings a mocosos de sonrisa imperturbable que prefieran cinco heroicos minutos de expulsión rebosantes de corrección política antes que alcanzar la meta utilizando artimañas, como suelen hacer los seleccionados de otras productoras. Lo lograron en el “El bus” y parece que esta vez han conseguido depurar la técnica. En cualquier caso, las normas de “Operación Triunfo” no permiten que el destino de los concursantes esté en manos de sus compañeros. De ser así, Rosa ya se habría visto más de una vez en la recámara.

El presente de Rosa es un cuento de hadas hecho realidad. Rosa fue elegida entre miles de aspirantes y, por entonces, era un surtido variado de complejos. Y es que Rosa está gorda. No estoy hablando de una situación de sobrepeso o de una celulitis mal disimulada. Rosa es el desafío del endocrino, el pez globo reaccionando ante el peligro, el Hindemburg sobrevolando el Atlántico. De modo que Rosa, hasta hace apenas ocho semanas, era un cuadro agudo de inseguridades y baja autoestima. A los problemas derivados de su obesidad había que añadir una lengua de trapo y una pobre coordinación de movimientos. Pero la providencia quiso compensar estos defectos bendiciendo a la niña con un chorro de voz que le va a sacar de pobre. Consiguió ser seleccionada junto a otros quince jóvenes algo más cincelados que ella y que no habían tenido que comer (ésto es un juicio de valor) tanta mierda en sus vidas como ella.

Pero hete aquí que el público español simpatiza bien con la miseria ajena. De la misma manera que Ania quedó finalista en la primera edición de Gran Hermano por haber sido el felpudo emocional de toda la casa y que Sabrina se llevó los veinte kilos gracias a un casto amor que no le fue correspondido ante las cámaras, Rosa lleva siete semanas siendo la favorita del público, algo que parece estar levantándole la moral a la “chiquilla”. Sus compañeros, que al principio la ajuntaban por una compasión mal disimulada, lo hacen ahora por una burda estrategia tan cuestionable como el mulá Omar impartiendo catequesis. Y es que son todos buenísimos, y ven en Rosa una amiga para siempre antes que la puta foca paleta que les va a dar a todos por el culo.

El pasado de Rosa es una historia de la que todos hemos sido testigos. ¿Quién no ha tenido en clase algún gordo con evidentes síntomas de cretinismo que olía a pis? ¿Y cuántas veces les hemos humillado con alguna coñita tan punzante como falta de ingenio? La muchacha ha tenido el pudor de no dar demasiados detalles de su vida, pero de sus comentarios durante las primeras jornadas de programa podemos deducir unas cuantas cosas a cerca de su adolescencia: Rosa no solo era la gorda de la clase. También era la tonta. O por lo menos eso es lo que le hicieron creer, porque a mi me parece que se expresa tan mal como la mayoría de la gente. Cierto es que su dicción resulta un tanto obtusa, pero no creo que muchos de sus compañeros hayan terminado locutando cuñas de radio. “Informe semanal” nos regaló imágenes de ella cantando en la boda de un familiar, con el suficiente oro en su cuello y muñecas como para duplicar su peso, blusona holgada negra, flequillo cardado y gafas redondas enmarcando las ranuras de sus ojos. Si en España pudiera aplicarse el término “white trash”, Rosa absorbería en su generosa fisionomía hasta el último matiz de este concepto. Pero como no hay mal que por bien no venga, todo esto hizo de ella un ser rebosante de sencillez y modestia, valores muy apreciados hoy en día que le han convertido en una estrella.

El futuro de Rosa se reparte en tres actos: Obviamente, llegará a la final del concurso, pero TVE se resistirá a que semejante tanqueta nos represente en Eurovisión, y finalmente será el pizpireto David Bisbal el encomendado para tan egregia responsabilidad. A ella no debe importarle, porque firmará un contrato con Vale Music por el que se comprometerá a grabar tres recopilatorios de boleros para las próximas tres navidades. Sólo grabará uno, que llegará a triple platino, pero tendrá una crisis existencial y con lo que se embolse huirá del país ignorando sus obligaciones con la discográfica.

Sin que lo sepa ni su familia, se instalará en Londres, concretamente en el superchachi barrio de East End, en donde alquilará un espacioso loft en el que podrá acomodar su vigorexia sin agobios. Su siguiente inversión consistirá en una reducción de estómago, método bastante más eficaz que la dieta a base de verdurita que le han asignado en la academia. Perderá cuarenta y ocho kilos que descubrirán una inquietante belleza granadina, digna heredera de la princesa Sheresade.

Y conocerá en un flea market a William Orbit, reputado productor musical que quedará hepatado ante sus encantos y su timbre de voz, jurando convertirla en la Bjork del nuevo milenio. Los engranajes del underground se pondrán en marcha para vomitar un producto a la altura del potencial de la nueva diva. Roberto Cavalli diseñará su estilismo, tapizándola hasta las cejas con pieles de cebra, destellos y transparencias. La portada de su álbum le será encomendada a David Dunan. Goldie remezclará su primer sencillo, “Beholder”, cuyo videoclip será realizado por Chris Cunningham, que fabulará una fantasía metafórica sobre la pérdida de peso en la que una criatura famélica practicará a nuestra Rosa una cesárea de la que nacerán cinco clones biomecánicos con el mismo rostro de su madre, y que se alejarán flotando sobre el desierto de Mojave envueltos en túnicas negras mientras un doberman les contempla.

Pero la leyenda se consolidará como tal mucho antes de lo previsto, cuando la diva caiga abatida por disparos durante la entrega de los Brits Awards del 2003. Chenoa, cuya carrera se saldará con una versión dance de “Los amigos de mis amigas son mis amigos”, acudirá a la gala azorada por la envidia, y decidida a ajustar cuentas con un destino ingrato que le niega lo que, según sus cálculos, le correspondería a ella. Rosa exhalará su último agudo en los brazos de Robbie Williams, su compañero sentimental, que gritará impotente frente a las cámaras de Channel 4, mientras la estatuilla de la triunfal Britannia a la solista revelación del año golpee las placas de pizarra con las que se habrá pavimentado el escenario del Millenium Dome.

 


Urdu.

Si no te ha gustado el articulillo, siempre puedes resarcirte con un wallpaper de Rosa que no veas cómo chana. Sólo tienes que decir ¡Sí, quiero!
(lo ponemos este medio dia 18/12/01)