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VIVIR
DEL ROLLITO Recientemente, un amigo mío ha acuñado sin saberlo un termino que merece pasar a la posteridad. Se llama “vivir del rollito”, y en este momento se ha convertido en uno de sus proyectos prioritarios. Vivir del rollito consiste en ganar el suficiente dinero como para vivir razonablemente bien por medio de una serie de empleos que, si bien no contribuyen a enriquecer el espíritu ni a solucionar ninguno de los grandes males de este mundo, pueden entretener bastante al afortunado que lo disfrute, al tiempo que alimentan su vida social. |
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No creo que nadie pueda comprender la dimensión de este concepto hasta que no me ponga a desglosar las diferentes artes y disciplinas compatibles con el mismo. Para ello, me ayudaré de un amigo imaginario al que llamaremos Ramiro, que acaba de desembarcar en la capital recién llegado de Motril, su ciudad de origen, en donde también se puede vivir del rollito, aunque a él ya no le motive hacerlo ahí. Ramiro, cuya principal virtud reside en ser salado, consigue en poco tiempo hacerse con unas amistades relativamente bien posicionadas. Su primer paso consiste en servir comidas en un centro comercial que, casualmente, constituye el epicentro de la petardería capitalina. A pesar de lo disputado que podría parecer este cargo, en realidad no lo es tanto, porque el gerente del local es tan cretino que pocos españoles aspiran a él. Rodeado de exposiciones mensuales y de sofisticados fancines, Ramiro se hace con una agenda por la que muchos serían capaces de canjear a sus madres.
Si no los hay, no se cobra, y pasan varios fines de semana hasta que el local decide prescindir de sus servicios, tiempo más que suficiente como para haber engrosado las hordas de cualquier otro garito que sustituya al anterior. No es una actividad especialmente lucrativa, pero tampoco supone demasiado desgaste, y viste que te cagas en los curriculum virtuales de todos los que viven del rollito. Ramiro está ahora en contacto con una importante cantidad de individuos con los que comparte vocación. Y es que, bajo el cielo protector de cualquier garito que mole, se cobijan legiones de sufridos trabajadores del rollito. No todos terminan ahí guiados por impulsos tan cuestionables como el de nuestro amigo. Muchos lo toman como algo temporal mientras se lamentan de su suerte, aunque otros aceptan de buena gana sacrificar los mejores años de sus vidas por la causa. Entre los peores encontramos a los porteros. No me refiero a los bigardos de escasa movilidad cervical, cuya carga genética condiciona su futuro laboral como si fueran minusválidos, sino al tirillas que, por lo general, se erige como jefe de puerta. Éste suele ser el más extremista de los esbirros del rollito, y se autoproclama como su más legítimo representante, algo que le autoriza a sentir un profundo desprecio por todo lo que escape a los dos metros cuadrados sobre los que pisa. Luego están los camareros/as de barra y recoge vasos. En este sector hay pocos adoradores del rollito, ya que su profesión es de las que más queman, y la mayoría no tarda en percatarse de que se vive mucho más feliz siendo usuario que empleado.
A quien le sale caro es a la ONCE, ya que la proliferación de estos ciberartistas ha disparado el número de casos de retinas quemadas entre las nuevas generaciones. Sería tentador incluir en este desglose a los dj’s, pero al tratarse de una profesión para la que se necesita formación y talento no podemos considerarles como tales. En efecto, son los reyes del rollito, pero su cualificación les exime (en la mayoría de los casos) de pertenecer a esta categoría. Y, si vivir del rollito es lo mismo que subsistir sin esfuerzo gracias a las amistades, no podíamos olvidarnos de los camellos, un gremio tan necesario para cualquier sociedad que bien merecería cotizar en la seguridad social. Es el complemento salarial más suculento que se puede encontrar dentro del rollito, y favorece en gran medida la vida social de uno, aunque siempre en un grado proporcional a la generosidad del camello. Nuestro Ramiro lo intenta, pero entre que no es muy diestro con las finanzas y se aficiona a los sobornos, fracasa estrepitósamente. Eso sí, sus índices de popularidad alcanzan cotas inéditas. Ramiro se está hartando de ser un peón del rollito. Está conociendo a muchos diseñadores, tatuadores, anilladores, representantes de marcas, dj’s, editores de fancines y hasta algún que otro actor, y le gustaría dar un salto cualitativo para el que sospecha que no está preparado. Además, se está quemando de tanta fiesta. Una nueva maniobra de su sino le lleva a currar en una tienda. Y no es una tienda cualquiera, en absoluto. El destino a deseado mediante una caprichosa cabriola que vuelva a dar con sus huesos en el mismo centro comercial del que partió su periplo. Puestos a tener que trabajar de dependiente, nada mejor que hacerlo aquí.., ¿o no? ¡Ay! Nuestro buen Ramiro daría en este momento lo que fuera por trabajar en esa otra, en la que tiene dos plantas, estudio de tatuaje, piercing, cabina por la que pasan los mejores dj’s y que se anuncia en todos los fancines con esa publicidad tan acertada y quedona. Sin duda, ahí podría crecer aún más, como la hierbabuena en la vereda de las cañadas de su pueblo durante la canícula.
Discjoquey tampoco, porque requiere una inversión constante de dinero a la que no está dispuesto. Colaborar en un fancine molaría bastante, pero no es un sector que tenga mucha oferta ni sabe gran cosa a cerca de nada, por no mencionar sus problemas con la ortografía y su carencia de léxico. Mientras no le descubran en algún casting, algo para lo que la humanidad siempre está a tiempo, hará todo lo posible por convertirse en el mejor perforador de la ciudad. Con una inversión mínima y un poquito de sangre fría, Ramiro se hace con unas cánulas y se lanza a horadar mejillas, cartílagos y cejas. Siempre gratis, eso sí, porque el muchacho está empezando y de alguna manera tiene que compensar el detalle que tienen sus amigos con no denunciarle. Sólo le lleva un par de semanas batir el record de septums desviados, de desmayos y de infecciones. Su mal pulso le hace imprimir al momento una angustia capaz de bajarle la tensión hasta a el hiphopero más tarugo, y su falta de higiene consigue hacerle valedor del apodo de “el granjero”, por la variedad y vigor de los cultivos que fermentan en su lata. Después de diezmar esa agenda tan colmada que tenía y de experimentar con pollos y conejos (muertos, de la pollería), Ramiro decide dar por concluída su faceta vudú y comienza a inquietarse. Sólo le quedan dos opciones: volver a Motril o joderse etiquetando pantalones Gsus. El fracaso es tan amargo que lo mejor es fingir que todo va bien. Así que se pone extensiones, se compra un DVD y se apunta a capoeira. |
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Nota: Ramiro es un personaje ficticio, y todo parecido con la realidad es porque hay demasiados por ahí sueltos. |
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