![]() |
![]() |
![]() |
|||||||||||||
![]() |
![]() |
||||||||||||||
![]() |
|||||||||||||||
![]() |
OPUS |
![]() |
|||||||||||||
Andrés
Armida es de ese tipo de personas que cuando se entera que un amigo suyo
se ha suicidado terminan llegando a la conclusión de que su ordenador
le pertenece. Al fin y al cabo, fue él quien le instaló todo
el software y el que tuvo que formateárselo en dos ocasiones. A no
ser que el difunto se lo hubiera cedido a otra persona en algún testamento,
cosa improbable puesto que ni siquiera había dejado una nota de despedida,
nadie podría rebatirle este derecho. Sus padres, desde luego, no
lo hicieron, ya que no solo no tenían ni idea de qué hacer
con un Power Book, tampoco estaban seguros de que su hijo tuviera más
amigos.
Eran tracks
de fabricación casera hechos con una Roland VS880 y un módulo
de filtros. No tenían arreglos vocales, aunque algunos pasajes
presentaban una melodía más o menos clara. El producto final
no estaba desprovisto de ritmo, un ritmo sin percusión que saltaba
de un compás a otro de manera imperceptible. Estructuralmente,
era una música sin repeticiones que huía de minimalismos,
en una sucesión de frases en la que cada una se convertía
en la respuesta lógica de la anterior. Pero lo realmente innovador
de estos seis temas estaba en el lenguaje que empleaban, un lenguaje nunca
antes escuchado, lleno de argumento y de una belleza universal que los
hacía comprensibles para cualquier oído, a pesar de lo insólitos
que resultaban. Eran sobrecogedores, demasiado como para quedar huérfanos.
Y puesto que Andrés no había encontrado ningún obstáculo
en apropiarse del equipo en el que venían, tampoco encontró
ninguno que le impidiera adueñarse de su autoría.
Naturalmente, esta empresa no estaba exenta de riesgos. Al fin y al cabo, iba a verse obligado a pasar el resto de su vida fingiendo ser el autor de aquella música, aunque esta idea se le antojaba mucho menos ingrata que la de enfrentarse cada día con una creatividad perezosa. Era consciente de que no podría vivir indefinidamente de esos seis temas y que tarde o temprano le exigirían más, pero esto no le preocupaba. Estaba convencido de que el mérito de Jurgen había consistido en establecer unos planteamientos inéditos que, a priori, no parecían difíciles de imitar. Andrés disponía de los contactos necesarios para hacer que su música llegara al mundo. Lo que hasta ahora le había faltado era inspiración. O mejor dicho, le había faltado una inspiración contundente e inapelable, porque siempre había pensado que sus temas breakbiteros no eran peores que los que producían sus amigos. Estos amigos formaban un núcleo duro y hermético que podían permitirse el lujo de editar cualquier chorrada que quisieran, porque habían conseguido cierta notoriedad como disc jockeys y esto les había reportado la pasta suficiente para fundar un colectivo, Domótica, que con el tiempo se convirtió en discográfica. Eran bastante buenos pinchando, pero sus temas tenían una calidad tan cuestionable como los de Andrés. La única diferencia estaba en que a ellos no les faltaban legiones de niñatos sin criterio que pensaban que los discos que editaban tenían que ser tan buenos como los que incluían en sus sesiones. Los tres de Domótica aparecieron en la vida de Andrés en segundo de BUP, cuando todos coincidieron en un colegio de pago para descarriados con edad suficiente para estar terminando la carrera. Aún no tenían un puto vinilo y ya habían decidido sus nombres artísticos: Rinaldo, Ariodante y Tamerlán. Tan a pecho se lo tomaron que hasta intentaron cambiárselos, pero no debieron tomarles muy en serio cuando se plantaron en el registro civil para explicar por qué querían dejar de llamarse Sergio, Blas y Bruno, respectivamente, y tuvieron que seguir llamándose así a instancias legales, aunque eran capaces de partirle la cara a quien se lo recordara. Con el tiempo llegaron los macrobolos, las entrevistas y la alopecia, y las sudaderas de Trashler fueron sustituidas por abrigos de Prada.
Y si le hubieran marginado por su talento, ¿quién le aseguraba que no correría él también esa misma suerte? Tendría que estar mentalizado de que quizá ahora tampoco quisieran patrocinarle. En ese caso, nunca llegaría a saber si era porque no entendían la música o porque veían en él una amenaza. Fuera como fuese, no tenía nadie más a quién recurrir, de manera que cogió el teléfono y acordó enviarles los seis clips inmediatamente. Ellos prometieron escucharlos en cuanto llegaran, pero Andrés creyó detectar cierta sorna diplomática al otro lado de la línea. Era Rinaldo, el peor de todos. Andrés sonrió imaginando dónde tendría que meterse su sarcasmo cuando se diera cuenta de que en ese e-mail venía la semilla de la que habrían de brotar el resto de sus carreras. Pero pasaban las horas y no llamaba ni Dios. Andrés dudaba entre si se estaban haciendo los interesantes o si planeaban algún tipo de conspiración. Ambas opciones estaban muy en la línea de esos bastardos. Y justo cuando la impaciencia estaba a punto de obligarle a volver a llamar, llegó un mensaje a su móvil. ‘mañana 4:30 c/ colon 5. tus felatrices’. En lugar de alivio, Andrés se sintió irritado porque no le convocaran en el estudio. Estaba seguro de que se trataba de una maniobra premeditada y quiso intuir cierto interés en ello. ¿Por qué molestarse en salir a la calle con el estómago lleno y con el frío que hacía? Quizás eso fuera una buena señal. Si estaban tan abrumados como debían de estar querrían disimularlo, reprimir su estupor con cierta indiferencia, y si le citaban en el estudio podrían parecer ansiosos por hacerle de la familia. Al fin y al cabo, eran celebridades y tenían una imagen que cuidar. Tendría que irse acostumbrando a mantener él también esa pose, y al contrario que Jurgen, estaba más que capacitado para hacerlo. Andrés era propenso al insomnio, y cuando esto sucedía se doblaba a porros y a pajas hasta caer rendido. El ordenador de Jurgen venía cargado con toneladas de pornografía, pero le dio mal rollo pajearse frente a él, como si pudiera intuir los ojos de su dueño mirándole con reprobación desde el otro lado de la pantalla. En fin, qué se le iba a hacer. Habían sido muchos años ejerciendo el papel de su asistente social, y ya era hora de que le rentara. Tres circunstancias se aliaron para sacarle de sus casillas a su llegada a la cita. La primera fue que el café en el que habían quedado tenía las luces apagadas, a pesar de que el cielo se había encapotado y filtraba sobre las calles una luz tenebrosa. La segunda fue que Ariodante llegaba tarde. Y la tercera fue Rinaldo: “A mí tu música no me gusta particularmente. Estás evolucionando, cosa que celebro, pero te empeñas en aferrarte a una línea que supongo consideras coherente. En mi opinión, tu trabajo nunca sonará auténtico hasta que no le insufles una buena dosis de asertividad creativa.”
¡Cristo! ¿Tendría que tatuarse uno de esos él también? En ese momento habría sido capaz de cualquier atrocidad a cambio de la más miserable muestra de aprobación. Rinaldo seguía hablando, pero Andrés ya no escuchaba. Estaba preocupado calculando si su polla se vería muy ridícula comparada con las suyas. Entonces, llegó Ariodante. Su okapi no tenía más de dos pulgadas, le había salido gratis, le había llevado tres horas y había dolido un huevo. Y, en efecto, su polla dejaba en ridículo a la de Andrés. Lo supo porque lo primero que hizo nada más llegar fue sacársela para poder ilustrar sus explicaciones. Cuando hubo terminado, se la guardó, se sentó y pidió un capuchino. “He llegado tarde porque me he entretenido un poco más de la cuenta escuchando los seis clips esos. Me he quedado flipao. ¡Es la música de Jurgen!” Rinaldo y Tamerlán se miraron mutuamente intentando adivinar si el otro sabía de qué hablaba. En cuanto a Andrés, un trallazo de pánico cercenó su respiración. ¿Cuándo coño habían hablado esos dos desgraciados? “Hace tres meses. Me lo encontré en la calle y se me acopló. Estuvo comiendo la oreja con un rollo de un concepto nuevo, una música revolucionaria y no sé qué más hostias. Yo le di boleto como pude, pero luego me quedé rayado pensando en lo que había dicho, y en si yo sería capaz de llevar a cabo una música así.” Rinaldo y Tamerlán observaban a Andrés como esperando que rematara la historia, pero él sólo tenía ganas de gritar que le delatara de una vez, que las burlas fueran rápidas y que le dejaran marchar cuanto antes. “Pero no pude. Y al final el que lo ha conseguido eres tú... ¡Qué hijo de puta! Eres el compositor más grande que conozco.” Su corazón bombeaba tan fuerte que dudó de haber oído bien. Entonces, se detuvo un instante a leer en sus ojos. Aquello no era un vacile, y una vez convencido se sintió tan aliviado, tan deliciosamente desconcertado que tuvo que hacer un esfuerzo para no romper a llorar.
El
invierno empezaba a ceder y ya estaba todo listo. Ariodante había
conseguido que el mismo día en que se comenzaran a distribuir las
copias ambos cortes cerrarían el programa Siglo XXI. Para celebrar
esta noticia y futuras venideras, los cuatro integrantes de Domótica
regresaron al mismo café. A modo de brindis, Tamerlán recordó
uno de los primeros temas que pinchaban al comienzo de sus carreras, pero
que venía como anillo al dedo para ilustrar ese futuro inmediato
que ya era inevitable. “La música era nueva, negra,
pulida y cromada y llegó sobre el verano como una noche líquida.”
Andrés tuvo en ese momento que acordarse de Jurgen, y se preguntó
si no estaría sobrevolando la escena, y si, a lo mejor, estaría
contento. Después de todo, él siempre quiso agradar a los
demás. A la mañana siguiente, tal y como se había
acordado, los dos temas cerraron Siglo XXI. |
|||||||||||||||
![]() |
El mundo estaba escuchando.
|
![]() |
|||||||||||||
![]() |
|
||||||||||||||