El Verano [ viene de Opus ]

 
El verano cayó sobre la ciudad, y sobre él, la música: nueva, negra, pulida y cromada, proyectando sus haces con tanto fulgor que no tardaron en alcanzar los más remotos rincones de toda Europa. La primera tirada con los dos primeros cortes extraídos de Opus, el número dos y el número cinco, fue más que discreta, quinientas copias. Consiguieron distribuirlas sin hacer una sola llamada, coincidiendo con el lanzamiento de un maxi con cuatro temas techno firmados por Tamerlán del que se habían tirado tres mil unidades que, como era habitual, ya estaban encargadas antes de ser planchadas. De manera que los quinientos Opus se colaron en algunas de estas cajas con el mismo disimulo con el que un alien se cuela en la Nostromo y repartidos casi al azar por toda la geografía nacional. Pongamos que esto fuera a mediados de abril.

A primeros de mayo, sólo dos semanas después, había que tirar una segunda serie. Dos mil unidades, la mitad para el extranjero, algo inexplicable porque ningún lote del disco de Tamerlán llegó a cruzar los Pirineos, como tampoco lo había hecho ningún otro disco en toda la historia de Dómotica. Y sin embargo llegaban pedidos de Bruselas, Estocolmo, Varsovia o Liverpool. Por entonces todavía no se podía encontrar ninguna reseña de Opus en la red, pero los dos cortes ya circulaban por el Soulseek, Kazaa o eMule. La cuestión no era cómo habían ido a parar hasta ahí sino por qué estaban llegando a tantos oídos, teniendo en cuenta que no era música para discotecas ni para la inmensa mayoría de las radios, y que venía de un sello que por ahí fuera no conocía ni dios.

El veinte de mayo, Andrés da su primer live con la música de Jurgen. No era algo que le hiciera especial ilusión, pero ya había rechazado ofertas anteriores y no podía seguir postergándolo. Técnicamente, lanzar en directo las pistas de unos temas creados por otro no revestía ninguna dificultad, pero tampoco se sintió cómodo haciéndolo. El público fue tan escaso como selecto. Se dieron cita prácticamente todas las personalidades relacionadas con la música electrónica que Andrés había conocido durante los últimos años. Los que se enfrentaban por primera vez ante esa joya insólita y primigenia quedaron confundidos. Los que ya la conocían, extasiados. Los síntomas iniciales de una revolución no siempre se reconocen a la primera.

Fue una noche trascendental por partida doble. No sólo se ganó el asombro y la admiración de toda esa gente sino que, además, por fin conoció a Gabriela, una niñata de diecisiete años tan abrumadoramente adorable que había conseguido hacerse un hueco en esa órbita, a pesar de su incapacidad para distinguir un tema de Aphex Twin de uno de OBK. Y sin embargo, esa falta de criterio no había sido un obstáculo para quedar esta vez hondamente impresionada. Andrés sintió un gran alivio al descubrir que ella no le había despreciado durante todo ese tiempo. Simplemente la chiquilla no andaba sobrada de labia.

Pero ese no había sido el único chocho lubricado por el poder de la música. Claudia Vogel, alguien que sí le había ninguneado desde la primera vez que le vio, tampoco salía de su asombro. Iba a tener que ser muy hábil para rectificar a estas alturas sin quedar como el culo, aunque él tendría que comprender que aquello estaba justificado. Ser la Vogel conllevaba una serie de obligaciones y responsabilidades, y dar cuartelillo a todos los indeseables que pretendían acoplársela no era una de ellas. La Vogel había inagurado su carrera como relaciones públicas, pero pronto se percató de que aquello apenas colmaba su bulímica ambición. Así que, una vez convertida en el icono por excelencia del gremio, decidió reciclarse en diseñadora, colaboradora de prensa e inalcanzable megabitch urbana. Y lo consiguió. Era cierto que Andrés la detestaba, de tanto como había anhelado su simpatía.

A la mañana siguiente, reunión. Ariodante no podía esperar más para lanzar la ofensiva definitiva: un CD con los seis temas. La idea de Andrés era ir editándolos de dos en dos consecutivamente. Hacerlo de golpe adelantaba en el calendario una fecha tan angustiosa para él como inevitable, el día en que tendría que ponerse a continuar el proyecto creativo de su difunto amigo. Por desgracia no podía usar este argumento en la reunión, así que se decidió una tirada de nada menos que quince mil ejemplares. Andrés salió aterrado, y eso que ellos tres tendrían que avalar semejante inversión con todo su estudio.

Primeros de Junio. La inversión ya estaba amortizada, y no porque se hubieran agotado todas las copias sino porque llovían las ofertas para comprar sus derechos. Prácticamente todos los estados de la Unión contaban con uno o varios pretendientes ansiosos por pagar lo que fuera con tal de disponer de ellos en sus respectivos territorios. La expectación que se había creado en sólo un mes no tenía precedentes, y eso, conviene no olvidarlo, sin haber hecho ni una puta llamada de promoción. Parecía como si Opus tuviera voluntad propia. Se propagaba como el más agresivo de los virus, sin necesitar ninguna ayuda, infectando cuantos oídos alcanzaba.

Una semana más tarde Andrés ya era Dios. Fue invitado a tocar en el Sónar a sólo quince días del evento, por lo que hubo que reimprimir y volver a distribuir toda la publicidad. Su nombre artístico desplazó en el nuevo cartel a unos cuantos, entre ellos Lamb, Autreche o Rinaldo. Ese nombre artístico con el que había tenido la osadía de rubricar sus dos primeros discos fue Siegfried, y como él ya sospechaba, no volvería a usarlo para rubricar ninguno más.

Por su parte, el último número de la revista Wire incluía una más que entusiasta reseña que, de puro entusiasmo, se alejaba de la línea editorial a la que tenía acostumbrados a sus lectores. “En 1912, un desconocido Schönberg estrenaba ‘Pierrot Lunaire’, una mezcla de opereta y cabaret que rompía drásticamente con seiscientos años de tradición musical tonal e inaguraba una cantera de posibilidades expresivas que dominó todo el siglo veinte: el dodecafonismo. [...] Hoy debemos congratularnos por poder ser testigos de una revolución comparable.”

Si Andrés hubiese sido otro tipo de persona, si al menos hubiera sido el autor de esa música, ya estaría a estas alturas urdiendo un plan para librarse de Domótica. Su porcentaje de lo que llevaban facturado sobraba para hacerse con el estudio de sus sueños y fundar su propio sello, en caso de que no le sedujera ninguna de las ofertas que estaban por llegar y sin incluir en sus cálculos los derechos de autor. Pero se sabía a merced de la incertidumbre, y estas ideas sólo servían para causarle agitación. Ya habría tiempo de retomarlas cuando lograra componer algo nuevo. Mientras tanto, se prometió que haría todo lo posible por saborear el éxito con la misma intensidad con la que lo había deseado.

La ciudad esperaba su regreso de Barcelona como se espera a los héroes de guerra. Esa noche se echó a la calle impaciente por cobrar sus tributos, pero era martes y no dio con nadie del que le hubiera interesado escuchar un comentario. Con quien sí se encontró fue con Gabriela, que caminaba sola, feliz, etérea. Salía de un Zara en el que curraba y hacía apenas una semana que había estrenado su mayoría de edad. La invitó a tomar mojitos y estuvieron esperando un gramo que nunca llegó. Él terminó borracho y jurándole amor eterno y ella le correspondió sin vacilar. Qué opaca era la cristalera desde la que atisbaba momentos no muy lejanos en los que un atrevimiento así habría sido impensable. Ahora todo era distinto. Ahora él era Siegfried.

Una vida con dinero apela a la buena suerte. A primeros de Julio encontraron un piso céntrico y soleado en una calle tranquila, recién remodelada, a tres manzanas de la nueva y flamante oficina de Domótica. Gabriela había dejado el Zara para poder acompañarle a todas partes. Se limitaba a sentarse y a escuchar aunque no hablara con ella ni entendiera una mierda de lo que decía. Percibía cálidas hondas que emanaban del ego de Andrés cada vez que alguien se dirigía a él, y eso la hacía sonreír. Era un sutil equilibrio sobre el que se sustentaba la más dulce de las armonías. Todo lo demás era superfluo.

Por cierto que nunca llegó a tatuarse el okapi. Tampoco llegó a ver los de Tamerlán y Rinaldo y no volvieron a insinuarle nada al respecto. Lo que sí se tatuó fue una serpiente de versos en alemán desde la muñeca hasta la axila con letras medievales. ‘Oscuro ardor que siento en mi. ¿He de llamarlo amor? Es el anhelo de mi salvación, que ahí se acerca: ¡Ese ángel!’. A pesar de la traducción, Gabriela los observó como una niña debe observar su primera regla, y necesitó ver tatuado en el otro antebrazo su nombre con letras más grandes para entender que debía tomárselo como un cumplido.

¿Ya estás con algo nuevo?” Diez de julio, Ariodante ejerce la primera presión. Andrés sabía que la felicidad total no dudaría mucho. Tres semanas en este caso. De ahí en adelante la angustia no pararía hasta tragárselo todo. Resultó que él sí estaba con un proyecto nuevo. Llevaba unos días en su casa esbozando un tema opusino y se había estado callando cual perra. Si había decidido hacerlo público sólo podía ser porque estaba medio satisfecho con lo que estaba quedando. ¿Cómo coño sería? ¿Estaría fusilando los recursos de Jurgen o habría conseguido innovar? El hijo puta se negaba a enseñarlo por el momento. Iba a tener que ponerse él también.

Menos mal que siempre quedaba la noche para mitigar sus preocupaciones. La noche era aduladora. “¡Vaya una braga el disco de Tamerlán! Anda rebotado conmigo porque vino a verme pinchar y pasé de ponerlo. En realidad lo uso bastante, de salvamanteles.” Aquellos para los que nunca había existido se agolpaban ahora feroces frente a su ojete, a dentellada limpia. “En el corte número tres creo adivinar matices inspirados en el primer acto de La Walkiria, y en el número seis, el motivo del Walhalla.” Era un placer descubrir que la mayor parte de ellos eran una panda de soplamocos. “Tu música consigue hacernos sentir nostalgia de algo que nunca tuvimos”. Esa era La Vogel, a quien un tercer vodka con Red Bull le hacía elevarse de esa manera. ¡Si Gabriela fuera capaz de reflexiones así!

La Vogel le invitó a pasar una semana en Ibiza y él aceptó. A Gabriela le contó que se iba de bolos, ya que no había ninguna razón para preocuparla. La Vogel no tenía nada que hacer a su lado, y además lo sabía, así que no intentó nada mientras le tuvo a mano. Estuvieron en casa de unos amigos de ella, un fotógrafo mejicano y su novio, grandes amantes de la música, sí, en especial de la de Álex Ubago. A los dos días, Andrés se sintió fuera de lugar y le dio por volver. Su trono no estaba ahí, y no quería dejarlo vacío tanto tiempo. Tal vez intuyera que no le iba a durar mucho.

Treinta de julio. Diferentes cortes de Opus iban aparecer en un total de trece campañas publicitarias a lo largo de todo el continente. La Vogel le entrevista para Neo2: ‘¿Temes convertirte en un ‘one-hit-wonder?’ Respuesta: ‘En ese caso espero que el mundo sepa conformarse con todo lo que ya le he dado’. La ciudad se iba quedando vacía, pero Andrés no pensaba marcharse de nuevo si no era obligado por un contrato. Siempre encontraría alguien por ahí con quien jugar al mesías. Gabriela parecía triste. Probablemente le hubieran ido con el cuento de Ibiza, quizás la misma Claudia, aunque eso era poco probable. Los saludos entre ellas dos rara vez llegaban a las dos sílabas.

Agosto se presentó turbulento. Había saltado la alarma en Domótica de que Andrés estaba negociando a espaldas de ellos. No podían saber exactamente el qué, pero alguien le había contado a Rinaldo que, estando una mañana de pedo con varias personas, había presumido de tener en su móvil el número de Sven Vath. Era una ridiculez pero ¿qué garantías tenían ellos? Todas las negociaciones estaban centralizadas en Ariodante, que era el más hábil con las cuentas y los idiomas. Oficialmente, no había ninguna otra vía, a no ser que Andrés abriera otras, y los tres le consideraban bastante capaz de hacerlo. No andaban desencaminados del todo. Si sólo pudiera extender su brazo y rozar todo aquello...

Logró convencerles de que sólo eran desvaríos de envidiosos y que tendrían que permanecer unidos ante nuevos ataques. Era lo que Tamerlán y Ariodante querían oír, pero Rinaldo no abrió la boca. En el horizonte ya se perfilaba un nuevo e ineludible compromiso, el Popkomm, que se celebraría el 24, 25 y 26 de agosto en Colonia. Aunque sólo estaba programada la actuación de Siegfried, Ariodante no pensaba perdérselo. Iba a ser la segunda vez que Andrés tendría contacto con lo más granado de la industria europea, a miles de kilómetros de tanta mediocridad, y convenía atarle corto. También era probable que se pusiera las pilas para llevar terminado ese proyecto opusino en el que estaba trabajando, por lo que pudiera pasar ahí.

Aún quedaban dos semanas. Era un buen estímulo para sentarse frente su nuevo ordenador e invocar a las musas. El Power Book de Jurgen fue a parar a una bolsa de viajes, pero su maldición parecía hacerse extensiva al equipo nuevo. Fueron horas llenas de pornografía y reseñas gloriosas. Maldito autista cabrón. Para colmo, la noche estaba dejando de servirle de consuelo. Los halagos de los techno mamarrachos locales cada vez le motivaban menos. Dos meses: ese era el tiempo que uno tardaba en hastiarse de la gloria.

Así que se volcó en el único consuelo que le quedaba, su ángel, su remanso de paz. Qué fácil era hacer que volviera a sonreír. Salieron a cenar, de marcha, se drogaron. Andrés ignoró a todo el mundo para estar sólo con ella. Bailaron, corrieron por la calle como en un anuncio de un perfume y follaron hasta bien entrada la mañana. Cuando terminaron, llegó Jurgen. “No me vas a perdonar ¿eh, hijo de puta?”. El MDMA maceraba oscuros procesos mentales mientras Andrés se dormía. “Nada, que se me va la pinza. Hablaba de un amigo mío que se suicidó hace cuatro meses”, “¿Jurgen?”, “¿Le conocías?”, “Sí, follé con él.”

Ariodante no consiguió terminar su temita opusino a tiempo. No tuvo valor para confesarlo hasta no estar de camino a Colonia, a unos once mil pies de altura, como si Andrés se lo fuera a reprochar. “Parecía que iba por buen camino hasta que me di cuenta que no hacía otra cosa más que plagiarte. Sonidos diferentes, sí, pero las mismas intenciones que, en mi caso, nunca llegan a nada más que a un burdo embrión”. Andrés intentó consolarle. Él tampoco había hecho nada nuevo pese a las horas invertidas, pero a Ariodante le sonó a condescendencia barata. Andrés llevaba dentro la simiente de la genialidad, y sólo era cuestión de tiempo hasta que germinara de nuevo. “Y, mientras, yo tendré que conformarme con volver a mi housito y a mi techno, ¡tan predecibles, tan esquilmados!... Oye, ¿estás bien?

Perfectamente. Sólo había sido una ráfaga gélida atravesando su pecho. Ya empezaba a acostumbrarse a ellas. Ariodante sabía que no iba a encontrar mejor ocasión para confraternizar con Andrés y se interesó por su ánimo tras su separación con Gabriela. ¿No estaría liado con la Vogel? Su ánimo estaba bien, gracias, aunque bastante aturdido por todo lo que le estaba pasando. No creía estar asimilándolo como era conveniente. “Bueno, eso es normal. Me gustaría verme a mí en tu situación. Lo importante es que no te metas presión. Ya veremos qué se nos ocurre para que te relajes.

Sí se le ocurrió algo al hijo de puta. Debió improvisarlo sobre la marcha con la materia prima que traía en secreto. Consistió en acoplarse a una entrevista que Andrés tenía pactada con Viva Zwei y dejar caer, como quien no quiere la cosa, que los de One Little Indian se habían puesto en contacto con Domótica para que Siegfried colaborara en el nuevo disco de Björk. Esa debía ser su lectura particular del concepto ‘relax’. El muy gilipollas no lo hizo con mala intención, seguramente era su forma de reconocer que no podían evitar que siguiera su carrera lejos de ellos, un regalo de gratitud. La reportera celebró la exclusiva saltando dentro del plano y restándole protagonismo a la noticia con un balanceo pendular de sus brevas teutonas.

Casi no hablaron durante el vuelo de vuelta. Andrés andaba sumido en sus propias turbulencias, dudando de si Ariodante no habría hecho algo ya que le obligara a participar en esa historia. Podía preguntárselo pero no tenía huevos. ¿Y si colisionaran de repente contra otro avión? ¿Tendrían al menos un segundo de consciencia? Entonces, bajó la mirada y leyó los versos tatuados en su brazo justo al mismo tiempo que el aparato viraba haciendo que entrara el sol. ‘Es el anhelo de mi salvación, que ahí se acerca...’ No hacía falta conocerla mucho para saber que ella no le guardaría rencor, pero él ¿podría mirarla con los mismos ojos que antes? Tenía que descubrirlo.

Gabriela estaba en casa de su madre, dónde si no, y se alegró de escuchar que Andrés quería verla. Era encantadoramente predecible. Eso sí, tendría que ir ahí a recogerla y conocer a su suegra, y no sería plato de buen gusto porque la mujer andaba rebotada con el desgraciado ese que había secuestrado a su hija para darle la patada a las ocho semanas. Comparada con el resto de sus preocupaciones, aquello no era más que una propina roñosa.

Pero olvidaba lo rematadamente subnormal que podía llegar a ser Gabriela. Sólo alguien tan subnormal como para pensar que no tenía por qué molestarle que se hubiera cepillado al peor de sus fantasmas era capaz de abrirle la puerta sin informarle previamente de lo que se iba a encontrar. Gabriela ya no era Gabriela. Ahora era un fugu. A los pocos días de volver con su madre comenzó a sentirse mal, con fuertes dolores abdominales. Le diagnosticaron una colitis ulcerosa y le aplicaron corticoides, un tratamiento que suele producir retención de líquidos. Y vaya que si retenía. Sus dedos, sus pómulos, su frente, toda su dermis parecía reposar sobre un cámara hinchable que tensaba su piel y la hacía brillar como un cochinillo caramelizado. Debía ser más molesto que grave, a juzgar por la importancia que ella le daba.

Andrés no llegó a conocer a la madre. Ni siquiera esperó al ascensor. Bajó corriendo las escaleras y siguió corriendo por la calle, no hasta su céntrico y soleado piso, sino hasta su antigua casa, la de su familia. Estaban todos de vacaciones. Subió al baño de sus padres y buscó en los cajones hasta encontrar una caja de Orfidal, convencido de que esa sería la última vez que tendría que seguir los pasos de Jurgen.

Como un zafiro sobre un lecho de turba, Claudia Vogel recorría los pasillos de un hospital. Una pareja de viejos sondados se le quedaron mirando y murmuraron nada más perderla de vista. Antes de dar con la habitación, vio a Ariodante y a Tamerlán fumando bajo un cartel de ‘prohibido’. “Se ha despertado hace un rato. Ahora mismo está solo.” Tocó suavemente la puerta. Andrés seguía despierto y tenía mejor aspecto del que había imaginado. Tampoco esperaba verle sonreír. “Hola Claudia. Todo va bien. He estado con Jurgen, y me ha perdonado”.

Andrés Armida es un tipo con suerte, más de la que él cree. Durante ese conato de muerte, su cerebro seleccionó mediante algún tipo de azar neurológico una serie de elementos que fueron combinados con acierto. Vio a Jurgen montado en un okapi, rodeado de una luz cegadora, y desde varios puntos indeterminados llegaba música. Era una música inédita, sublime, capaz de absolverlo todo. Consiguió retenerla durante todo ese trance hasta que le despertaron y seguía en ese momento sonando obsesivamente en su cabeza. Qué miedo le daba olvidarla.

Habría sido bonito que el mismísimo Jurgen bajara desde donde fuese para dictarle aquella música, pero eso no fue así. Jurgen estaba muerto, y de él no quedaba más música que la ya mencionada, esa música nueva, negra, pulida y cromada, que hacía sentir a todos nostalgia de algo que nunca tuvieron.


Urdu.