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BAKALA EN CRISIS |
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Conozco a un chico que está atravesando una severa crisis de identidad. Se llama Aarón, tiene veinticuatro años, vive en Villaverde y es encofrador y bakala. Esto último, lo de ser bakala, bastaba hasta hacía bien poco para colmar su vida de sentido. Le habían traído a este mundo para honrar las virtudes de la máquina y contribuir a extender su palabra. Para ello tuvo que convertirse en un discjoquey, una decisión que le había reportado cinco largos años de intensas satisfacciones. Y es que Aarón no era un mal dj. Era un dj correcto, limpio, lo suficientemente eficaz como para labrarse una reputación en su barrio o como para que le dejaran pinchar de vez en cuando en algún garito del centro. Su entusiasmo por los portentos de la música electrónica y la admiración que, gracias a ella, otros le profesaban era todo cuanto necesitaba para disfrutar de una existencia plácida, y no veía motivos para que nada de esto tuviera que cambiar.
Y tenía a la Jenny, la jaca más deslumbrante de las que paraban por el parque. La Jenny no se juntaba con cualquiera, no se vayan a creer, y hablaba lo justo porque había descubierto que cuanto menos aportara a este mundo, más fascinación sentiría el mundo por ella. Además, era la máquina de follar más perfecta de la que Aarón tenía noticia. Y le había elegido a él. De regreso precisamente de una de estas veladas, Aarón y Jenny no se sincronizaron. Sus padres se habían ido al pueblo como tantos fines de semana, y Moisés había aprovechado la coyuntura para esfumarse hasta el domingo. El plan consistía en hincharse a follar, y lo habrían cumplido a rajatabla si la Jenny no hubiera parado de husmear toda la noche hasta dar con una pequeña cantidad de ketamina de la que nadie supo nada hasta después de desaparecer por su nariz. De manera que la química que en otras ocasiones acostumbraba a espolear a la amazona que había en ella consiguió en esta ocasión anestesiarla, y la Jenny se desplomó sobre la cama como si le hubieran reventado los sesos con un bate de béisbol. Pero Aarón no tenía sueño, e incauto, se puso a ver la tele. Pocas opciones a esas horas, así que no tuvo más remedio que darle una piadosa oportunidad a un bodrio lleno de tíos empelucados que cantaban mariconadas antiguas, Amadeus, olvidando que aún tenía media pastilla disolviéndose en su estómago. Probablemente fuera por el efecto del éxtasis, que le hace a uno ser más tolerante hasta con los tostones más infumables, por el insomnio o por puro masoquismo, el caso es que terminó encontrándole el punto, y eso que el protagonista era irritante y todas las mujeres, aunque tetonas, aparecían sepultadas bajo toneladas de encajes. Aarón no podía presumir de tener un espíritu crítico, pero bien avanzado el metraje tuvo que detenerse a descartar que la gracia de aquello estuviera en los actores, en la historia, o en los exagerados escotes empolvados a los que el menda en cuestión era tan aficionado. ¿Qué era, entonces, lo que le estaba ayudando a tragársela sin reparar siquiera en el cerco de sudor químico sobre el que llevaba dos horas sentado? Vaya, ahora parece que el protagonista se pone enfermo. Normal, el hijo puta no para de beber y en esos palacios tenía que hacer un frío del carajo. Por mucho menos se moría en aquellos tiempos, y éste está a punto de caramelo. En realidad quedaba media hora larga, pero daba igual, porque algo de lo que vio cinco minutos más tarde, o mejor dicho, algo de lo que escuchó, bloqueó la poca capacidad de concentración que le quedaba. El protagonista estaba tan enfermo que apenas podía tenerse en pie. El público aplaudía, delirante. Deliraba el público, deliraba el protagonista y deliró Aarón por un instante, víctima de un cuadro agudo de intoxicación, de un fatídico pico en sangre que quiso Dios que coincidiera con el estímulo más sublime con el que jamás se habían tropezado sus sentidos. Deliró como un moribundo al que, sin haber abandonado del todo este mundo, se le abren frente a si las puertas del cielo. Densas fumarolas se elevaban frente a un forillo estrellado. Círculos concéntricos enmarcaban a una mujer de negro. Todo un cosmos de cartón piedra se estremecía con los gritos de una madre. Era la Reina de la Noche jurando venganza.
Las cuarenta y ocho horas que la tuvo en su poder le supieron a poco. Tenía que conformarse con ese fragmento de pocos segundos, que repetía una y otra vez mientras encadenada un porro con otro. Lamentablemente, la salita era uno de los puntos más solicitados de la casa, y lo último que Aarón quería en esos ratos eran testigos. Mucho más discreto sería hacerse con una copia en CD, ya no de la película, sino de esa cosa en concreto, para poder escucharla en la intimidad de su habitación. ¿Pero en qué coño estaba pensando? ¿No pretendía comprarse una ópera? Devolvió la película con la esperanza de que su obsesión se fuera esfumando, pero esto no ocurrió. Sus neuronas estaban acostumbradas a refractar compulsivamente compases cíclicos, a falta quizás de otras actividades en las que volcarse, y los gritos de la señora de negro eran tan compatibles con esta actividad como cualquier base electrónica. Seguramente si se saturara de escucharlos podría dar por zanjado el asunto. El fin de semana siguiente sus padres volverían al pueblo. Podría decirle a la Jenny que estaba enfermo, ella nunca iría a visitarle y tendría toda la casa para él solo. Además, llevaba meses guardando una china de opio para cuando se presentara una ocasión especial. La inquietud volvió a él al descubrir una leve sensación de euforia mientras planeaba todo esto. Para una persona de las características de Aarón, acudir a Madrid Rock con el propósito de comprarse una ópera eran palabras mayores. Era una operación deshonrosa que requería templanza y disimulo. Pero no ayudó el hecho de que la sección reservada para la música clásica estuviera en una habitación aparte, cerrada, aunque también tuvo que reconocerle su lógica, ya que aquello sólo podía ser considerado como música por un porcentaje ridículo de la población que con toda seguridad también desearía discreción al tener que comprarla. En efecto, empujar aquella puerta resultó tan poco discreto como ir escoltado por una chirigota, y nada más entrar sintió las punzantes miradas de tres vendedores perforándole con estupor e indignación. Él era el único cliente. Y ya veríamos si lo era.
“¿Buscabas alguna versión en concreto?” No satisfecho con su infame condición, Orlando era sudaca, y a Aarón incluso le pareció intuir en su mirada algo parecido a una tentativa de complicidad. "Me la suda", "¿Seguro? En ésta Sumi Jo matiza la coloratura de una manera pasmosa.", "Pues no se hable más." Treinta y seis euros, lo dicho, a la basura. Orlando se despidió con una sonrisa tan melosa y enervante como el título de la cosa aquella que acababa de comprar, y a Aarón le entraron ganas de patearle su brillante gepeto de tortuga remolona para que descartara, de una vez por todas, cualquier presunta convergencia entre ellos dos con la que pudiera estar fantaseando. Tres mujeres seguratas flanqueaban la salida, pero en lugar de escudriñarle con recelo como habría cabido esperar, las tres le corearon al unísono: “¡Gracias por tu visita! ¡Hasta pronto!”.
Llegó a sorprenderse a sí mismo entrando en internet para investigar qué es lo que podía estar pasando debajo de una música tan milagrosa. Encontró todo lo que necesitaba con mucho menos esfuerzo del que creía, y se sintió como si tuviera una amante muda que, súbitamente, había roto a hablar para contarle todo lo que le había pasado en la vida; una vida un poco tonta, mojigata, vetusta e infantil a la vez; y al mismo tiempo, muy digna de albergar tal desfile de proezas. Pero ni sus padres, ni el Moisés, ni la Jenny estaban preparados para una metamorfosis tan drástica, y no tardaron en sublevarse. “O follamos con techno como toda la puta vida o no follamos”. Porque Aarón no estaba dispuesto a prescindir de aquello ni siquiera en los momentos de más candente intimidad, y no es que a la Jenny le molestara tener que compartirle, pero sí encontró dificultades para congeniar su libido con el carillón de Papageno, la pobre. Moisés fue probablemente el que se sintió más traicionado: “Como cuando suba luego con el Pablito y el Sami esté sonando la mariconada esa te parto la cara, hijo de puta”. Y Hortensia y Germán, los desorientados progenitores, encontraron un nuevo motivo de inquietud, éste más que insospechado: “Hijo, hemos hecho todo lo que hemos podido para hacer de ti un hombre de bien. Es posible que hayamos cometido errores. Si estás intentando reprocharnos algo, aquí nos tienes”. Con el Chino, el Cuco y el Jonás sería diferente. Ellos lo entenderían. ¿Acaso no lo hacían siempre?
Pues nada, la había cagado con la elección. Le estaba bien empleado por gilipollas. El momento era cojonudo, sí, pero toda la escena previa le aburría hasta a él. Tendría que haberles puesto la canción que le flipó a él en la película. Por muy subnormales que fueran eso no podía dejarles indiferentes. O cuando la reina promete a Tamino la mano de su hija. O cuando los tres muchachos evitan que Pamina se suicide. Cualquier otro momento habría sido mejor que la puta escena del candado. La culpa era de Papageno, que era un puto payaso. A saber cuándo podría volver a pillarles receptivos. ---- Han pasado diez meses sin encontrar otra oportunidad y las cosas no han ido a mejor, porque resultó que Mozart, aunque murió joven, tuvo tiempo suficiente para escribir otras diecinueve óperas, y diecinueve óperas son muchas óperas para un año. Así que, en fin, que Aarón ya no sabe a qué atenerse. A ojos de cualquier desconocido sigue siendo un bakala, pero a él no le queda más remedio que ser franco consigo mismo, ser implacable: lo suyo es un burdo disfraz. Debería dejarse crecer el pelo, quitarse los oros y camuflarse entre la mediocridad a la que ahora pertenece. Hay noches en las que se obliga a salir de fiesta con sus amigos con la remota esperanza que otro milagro, otro “clic” químico, le redima de golpe. Si ya sucedió una vez, ¿no podrá suceder de nuevo? La mañana raspa los tejados en Villaverde. Aarón está tendido sobre la cama, sudado, colocado, más vacío que nunca. Los tres muchachos hacen lo que pueden: “Sé constante, paciente y discreto”, pero no consiguen nada. Está solo. Urdu. |
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