Amílcar

 
 Los chaperos de la sauna Adán se ponen nerviosos cuando aparece un chico nuevo. Están acostumbrados a la rutina, a tenerse bien fichados y a desconfiar de todos. Les gusta conocer a los clientes de esa tarde y saber que son las mismas maricas cutres de cada semana, porque les tranquiliza tener la certeza de que ninguno de sus compañeros pueda estar pegando un braguetazo a sus espaldas. Y se inquietan cuando se rompe el equilibrio. Por eso, la primera vez que vieron entrar a Amílcar rozaron la histeria colectiva. A pesar de que semejante maromo no podía ser un cliente, compitieron por llevárselo a una cabina como si se tratara del mismísimo Elton John. Un moro y un polaco hasta llegaron a fostiarse, pero perdían el tiempo. Amílcar no encontraba en ese atajo de inmigrantes a ninguno capaz de despertar su interés, y como ninguno de ellos iba a estar por la labor de pagarle por un polvo, lo mejor que podía hacer era ignorarles, apoyarse en una puerta y fingirse ajeno al revuelo que había levantado.

A día de hoy, ya todos han desistido de follárselo. Acude tres o cuatro tardes por semana y siempre arrasa con los mejores clientes, que llegan dispuestos a esperar turno mientras que los demás chicos les acosan sin éxito. El único dato que han podido sacarle, a parte de su nombre, es su nacionalidad: venezolano, pero esto no le obliga a confraternizar con los otros latinos que paran por ahí. Al final de la jornada, las duchas se vacían cuando él entra, las conversaciones en los vestuarios se cortan bruscamente, y de regreso a casa, los viandantes que se cruza bajan la mirada dócilmente, como si se disculparan al pasar.

Pero por más que se retrase, siempre termina llegando a casa y encontrándose con Jefferson. Jefferson es su compañero de piso, no queda otro remedio. Amílcar conoce a Jefferson desde la más tierna infancia, y siempre guardó la distancia con esa criatura andrógina, grotesca y sinuosa hasta que no vio en él una oportunidad de emigrar a Europa. Al parecer, la criatura tenía un pariente al que acababan de detener en Barajas con el colon petado de condones de cocaína. Ese pariente llevaba tiempo instalado en Madrid y era propietario de un piso en el centro que ahora quedaba disponible. A Jefferson le hizo una ilusión bárbara que ese chico tan guapo con el que nunca había tenido chance de conversar quisiera formar parte de su vida así, tan inesperadamente. Como camaradas de tropelías transoceánicas, tendrían tiempo de sobra para irse conociendo, y a saber qué delirantes fantasías pudo fabular en esos momentos. El día que partieron, las cloacas del barrio reventaron anegando con tres palmos de aguas fecales calles, casas y comercios.

Para Amílcar, un físico como el de Jefferson conlleva una responsabilidad en la vida, la de pasar desapercibido. Pero éste no termina de llegar a la misma conclusión. Es escandaloso y vivaracho hasta el paroxismo, como una colegiala cursi que se sabe la protagonista el día de su cumpleaños. A decir verdad, todos los días en la vida de Jefferson parecen ser su cumpleaños, y sin embargo, nunca alcanza la edad suficiente para aprender a moderarse. Después de un año y medio en Madrid todavía se emociona con las mismas pendejadas igual que el primer día, emitiendo histriónicos grititos que Amílcar traduce en su cabeza como un mensaje claro: ‘¡Gallegos, son ustedes maravillosos! ¡Soy una rata sudaca y me meo de gusto por estar entre ustedes!’. Amilcar evita por todos los medios ser visto en compañía suya, pero no siempre es fácil quitárselo de encima. Hoy, sin embargo, se alegra de saludarle. Por fin va a resultarle útil.

Necesito que me hagas un amarre”. Amílcar nunca usa la toalla que le dan en la sauna porque lleva la suya propia, que no solo es de Armani sino que, además, tiene un bolsillo para guardar cosas, como una tijerita de uñas, por ejemplo. “¿Me traes vello?” Tarde tras tarde, Amílcar extiende su toalla de Armani sobre la colchoneta de una cabina y se tumba a esperar con la puerta entreabierta, paciente como una araña, a alguien digno de su interés. “Sí, de la cabeza y del pubis.” Y tendría que estar preparado para retenerlo cuando llegara ese momento. Es ahí donde entra Jefferson. “Has de llenar este pote con tu leche y rezarme tres padrenuestros, pero luego. Ahora, hábleme de él.”

Bueno, no era precisamente guapo, ni siquiera atractivo. Tendría unos treinta y cinco años y estaba gordo. Tenía demasiado vello, se estaba quedando calvo y debía ser muy miope, porque no se quitó las gafas ni dentro del baño turco. Era completamente pasivo y tenía una pluma que mezclaba el pijismo con la solemnidad. A pesar de lo ridículo que se veía en toalla, se permitía el lujo de mirar a todos (incluyéndole a él) con cierta displicencia, por lo que tampoco puede decir que le haya caído bien. No obstante, es el director de una agencia de publicidad. Se llama Ricardo.

La criatura se mete en su habitación y Amílcar reza, no tres, sino seis padrenuestros, en una letanía automática en la que su mente se evade hacia caprichosos destinos. Esta vez termina acordándose de la madre de Jefferson, que murió sepultada bajo una avalancha de lodo cuando aún eran niños después de parir a otros siete despropósitos, cada cual más feo y contrahecho. De esos siete, sólo Jefferson heredó sus dotes como santera. Ser el único maricón de la camada, asegura, le daba prioridad. Amílcar no duda de sus habilidades, pero se pregunta si es realmente necesaria una muestra de su semen. Compartir casa con un estímulo sexual como él tiene, a la fuerza, que provocarle alguna reacción, y quién sabe a lo que puede llegar para mitigarla.

En fin, si todo sale bien pronto podrá deshacerse de él. Como si le da por usarla de colutorio. Amílcar aprovecha la ocasión para cambiarse corriendo. Se le ha terminado la glutamina y debe apurarse si no quiere que Jefferson se le acople. Todavía hace frío para ir sin mangas, pero no puede esperar a lucir en sus bíceps el ciclo que se ha metido durante el invierno y su nuevo tatuaje, una ‘K’ como el logo de Kellog’s.

El tatuaje desfila por la calle Hortaleza hasta llegar al número 57. A esa altura, un encuentro providencial le hace olvidar sus compras. Amílcar está acostumbrado a que sus clientes disimulen cuando se lo encuentran por la calle. No les guarda rencor por ello, resulta bastante conveniente. Por eso, cuando ve subir a Ricardo en dirección contraria, radiante, asertivo y con claras intenciones de entablar conversación, apenas puede reaccionar. No es habitual que individuos así se atrevan a abordarle con tanta familiaridad. Por si esto fuera poco, tampoco tiene problema en confesar que ha llamado a la sauna preguntando por él, aunque no pudieron decirle gran cosa. La única opción que le quedaba era volver por ahí a buscarle. ¡Qué coincidencia, oyes! El caso es que esa misma noche tiene una fiesta en el Suite. Es la presentación de una revista que llevan ellos y podría pasarse a tomar una copa.

Amílcar camina de vuelta a casa sobrecogido, tanto que esta vez ni siquiera repara en las miradas que le acribillan. Será mejor no decirle nada a Jefferson, cualquiera le aguanta sabiéndose tan eficaz. Además, no es seguro que él haya tenido nada que ver en lo que puede ser fruto de una casualidad, o más probablemente, de sus propios méritos. Los gallegos se impresionan con nada, aunque este no parecía especialmente impresionado. No había el menor rastro de deseo o de admiración en su mirada. Era más bien algo así como codicia.

La de esta noche será su primera fiesta de nivel en España. Como sabía que este momento llegaría tarde o temprano, Amílcar ha invertido un generoso presupuesto en cada una de las prendas que han aparecido en los últimos cinco montajes de moda del Shangay. Por lo demás, si se queda callado durante toda la noche evitará que algún comentario inapropiado empañe su presencia. Aunque pudiera elegir entre la distancia y la cordialidad, siempre resulta más misteriosa la primera. “¿Quedó con él?”, “¿Con quien?”, “Con la pija”, “Tu estás loco.”, “Entonces, ¿por qué hace abdominales a estas horas?” Amílcar se concentra en sus jadeos para no responder y Jefferson se marcha despechado, probablemente al locutorio, para quedar con alguna amiga en algún antro indecible donde pongan a Paulina. Tendida sobre la cama, la ropa del Shangay no se ve muy diferente de la que pueda tener la criatura en su armario. Esta parece leerle el pensamiento y le escupe desde la puerta: Mira, no olvide hablarle de Medellín. ¡Cuéntele que es lindo!” Desde el día que se convenció de que jamás llegaría a parecerse a él, Jefferson vive obsesionado en demostrarle que no hay tanta diferencia entre ellos dos.

 Como era de esperar, no iba a ser el único tío bueno esa noche en el Suite. Cada uno de los grupitos que completan el aforo dispone de uno o dos pseudo modelos, aunque ninguno le suena del Cool, de la calle, y ni mucho menos de la sauna. En la pandilla de Ricardo no hay ninguno hasta el momento. Esta es la estrella de mi último casting”. Todos ríen y Amílcar decide hacer lo mismo. Ricardo le pide un Cacique, le enseña la revista, le acompaña al servicio, le pone una raya, le come la boca mientras le mete un dedo por el culo, le tira el Cacique, le pide otro, le presenta a Najwa y a Bimba, que pasan de él, y al fotógrafo de la revista,
un marica mejicano muy en la línea de Ricardo que resulta ser su ex novio, además de una listilla. “Tú no eres venezolano.” Después, todos hablan sobre lo cutre que es la tienda de Custo, sobre si Julianne Moore es alérgica al marisco y sobre si Barcelona está muerta. Por suerte, nadie le pregunta su opinión.


A Amílcar no le molesta saberse prescindible y decide entretenerse fichando al resto de pseudo modelos, e imaginando que, de repente, alguien corta la música y propone por megafonía elaborar democráticamente un ranking de los tíos más buenos del local. Pero mientras calcula quién podría ocupar el segundo o el tercer puesto, le asalta una inquietud. Los demás pseudo modelos, incluso los que no son españoles, no parecen tener ningún problema en seguir el ritmo de sus respectivas conversaciones. Cuatrocientas personas a su alrededor demasiado ocupadas en lapidarse a palabrazos como para fijarse en él. Bueno, quizás las cosas no vayan a ser tan fáciles como había pensado, aunque si Ricardo ha querido invitarle sólo puede ser porque que le ve metido en este mundo y porque quiere hacer alguien de él, como en esa película de Barbra Streissant cuando era joven en la que un tipo se la encuentra en la calle y la convierte en una princesa. Y cuando culmine ese proceso y sea capaz de conversar como ellos, Amílcar estará en condiciones de sustituirle por alguien que, además de compartir ese mismo nivel recién alcanzado, esté tan bueno como él. Quién sabe si esa persona se encuentra aquí esta noche.

Nos vamos a casa de Norberto. Yo que tú, vendría”. Lo que suena como una prolongación de la fiesta es en realidad un trío con Ricardo y su ex. No contaba con la otra, pero es probable que cumpla un papel importante en todo el proceso, así que no está de más ir intimando. Ricardo evita preliminares y se tumba con varias almohadas bajo la pelvis para facilitar una penetración sin que el pobre se canse. Mientras tanto, Norberto se mantiene a un lado, observando, masturbándose y tomando fotos. Al rato se aburre y le ordena que eyacule en su boca, instante que asegura retratar con gran sensibilidad. Ricardo corre a enjuagarse y los tres terminan en la ducha. Amílcar ya se imagina en su camita saboreando la satisfacción del deber cumplido, sin sospechar el potencial creativo de la fotógrafa mejicana. Ricardo corta el agua y Norberto compone: su ex tumbado boca arriba en la bañera y Amílcar encima, apoyando la nuca sobre su pecho. A continuación, alcanza su cámara, pone un pie en el borde de la bañera y flexiona las rodillas.

Amílcar tiene que ducharse tres veces con el agua hirviendo, pero no consigue sacar el olor que ha quedado impregnado a su pituitaria. Encuentra un frasco de Dolce & Gabbana y se refriega todo el cuerpo hasta vaciarlo. Espera que no les importe. Regresa al salón, han abierto las ventanas para que se ventile y hace un frío del carajo. Hay un billete de quinientos sobre la mesa. “No pensaba cobrarte”. Las dos maricas se miran, estupefactas. Ricardo se encoge de hombros y se lo guarda. “Prefiero que me des tu teléfono, de una buena vez.” Vuelven a mirarse y Norberto reprime una sonrisa malévola. “¿Mi teléfono?”. Amílcar se dispone a responder, pero ya da lo mismo. Ha salido mal. Francamente, Amílcar, creo que no hay ninguna necesidad de que tú tengas mi teléfono. Y creo que sería bueno que cogieras el dinero”.

A pesar de los quinientos euros, vuelve a casa caminando con la esperanza de que los aromas urbanos le ayuden a recuperar el olfato. En una de las calles se cruza con una horda de maricas empastilladas saliendo de un after, gallegas todas ellas, osadas como sólo las gallegas empastilladas se creen con derecho a ser. Amílcar escucha risitas detrás suyo. Es natural. La mediocridad es rencorosa, piensa, y se delata fácilmente. Gracias a Dios, Jefferson todavía no se ha levantado. Amílcar se escabulle con sigilo a su habitación y se desnuda para acostarse, no sin antes concederse sus quince minutos de rigor frente al espejo. Entonces se da cuenta de que tiene que volver a ducharse. Se ha dejado algo de mierda en el ombligo.

Se impone una conversación con la criatura. Es necesario conocer su margen de error y si cabe la posibilidad de un segundo intento, algún apaño definitivo que no se quede a mitad de camino y a prueba de ex novios. Y si esto no fuera posible, tal vez disponga en su repertorio de otras opciones que le ayuden a desquitarse. Al fin y al cabo, él siempre anda diciendo que es más fácil quitar que poner. “¿Qué pasó? ¿Te trató como a un sudaca?”. Jefferson está resentido, pero va de culo si espera algún tipo de compensación. Y es listo, el hijo de puta, aunque débil. “Tienes un estómago bien lindo. Si te disciplinaras un poco lo tendrías tan marcado como yo. Te voy a robar del gimnasio una tabla de ejercicios, ya tu vas a ver cómo te pones.” Suficiente. Como le dijo una vez un cliente, tira más pelo de polla que cabo de cabestrante. No sabe qué es cabo de cabestrante, pero aún así le hizo gracia. Y en cuanto al pelo de polla, Jefferson todavía conserva el de Ricardo, aunque solicita una segunda muestra de semen.

Le lleva dos semanas regresar por la sauna. Se las había prometido muy felices dando por zanjada esa etapa de su vida, pero nuevas y acuciantes necesidades terminan por imponerse: el gimnasio no sale gratis, aunque debería. Le parece fatal que no se incentive a clientes con su físico. Además, tiene que tatuarse un logo de Chanel, esta vez sobre el pubis. Probablemente haya sobrestimado a Jefferson, y mientras se acuerda de la puta negra gorda de su madre, la que murió sepultada bajo una avalancha de lodo, se instala en una cabina estratégica desde donde escudriñar la interminable procesión de maricas e inmigrantes. Los que se atreven a asomarse son recibidos con un silencio tan intimidante que ninguno se atreve a quedarse, y alguno hasta se disculpa al salir. Después de una hora de fulminar a indeseables con la mirada, un chancleteo familiar pasa sin detenerse.

Esta vez Ricardo se ha fijado en Abdul. Seguramente no haya visto nada mejor. No es que Abdul sea un rival para él, a no ser que Ricardo venga con ganas de cepillarse un argelino famélico que le contagiaría su fimosis si de él dependiera. Amílcar salta sobre sus sandalias, dobla por el estrecho pasillo y les adelanta atropelladamente, intentando parecer casual pero fracasando en el intento. Hasta el moro parece adivinar sus intenciones y le mira con recelo. La pija, por su parte, sonríe complacida. Ella sí ha salido de casa contando con este reencuentro. “Bonita toalla.” Ricardo se toma un segundo para paladear el desconcierto causado, agarra a su nuevo amigo de la cintura y lo empuja hasta una cabina cercana con un bamboleo cadencioso. Antes de cerrar, vuelve a girarse una última vez. “Quedaron guays las fotos.” Amílcar se queda clavado en mitad del pasillo maldiciéndose por su falta de reflejos. Podría montar guardia hasta que terminen y comprobar si aún conserva una ínfima oportunidad, pero una ojeada a ambos lados le desanima: el pasillo es un hervidero de chaperos ociosos que no han perdido detalle de lo sucedido y que ahora le observan como nunca antes lo habían hecho. Desde el interior de la cabina salen susurros amortiguados, aunque no podría asegurar si son risas o jadeos.

Jefferson ha llegado a la conclusión de que no hace falta una tabla de abdominales para hacer abdominales. Además, como tenga que esperar a que ese cretino se acuerde de traérsela no empezará nunca. Es verdad que tiene un estómago liso y lampiño, y a poco que se esfuerce no tardará en conseguir ese six pack tan deseado y deseable. Quizás entonces se decida a hacer algo por sus brazos, hombros y pecho, aunque aún no sabe exactamente el qué. Comienza con series de diez, pero, coño, cómo joden. Cuando está a punto de abordar la tercera ronda, escucha el golpe de la puerta y corre a esconderse a su habitación. Hoy no tiene humor para sarcasmos.

Se toma un minuto para secarse el sudor y recuperar el aliento y vuelve a salir. Veinte abdominales bastan para dejar la sala apestando a vinagre, aunque si Amílcar también puede olerlo no parece dispuesto a reprochárselo. Está sentado en la penumbra, callado, con la mirada fija en el suelo. ¿Habrá tenido éxito con su pija y viene a decirle que por fin le abandona? En ese caso no tendría sentido tanto preámbulo. Jefferson lleva meses preparándose para este momento y se sentiría decepcionado si no fuera como lo había previsto. Consigue sobreponerse y enciende la luz. Serán imaginaciones suyas, pero juraría que ha estado llorando. Permanece un minuto más sin atreverse a acercarse ni decir una palabra, hasta que por fin Amílcar consigue reunir el valor que él no encuentra: “Ahora quiero que lo hundas. Y esta vez no me falles.

Una tímida sonrisa se dibuja en la cara de la criatura. Primero intenta borrarla, pero enseguida se da cuenta de que ya no es necesario seguir disimulando. “No se preocupe, compadre. Déjemelo a mí. Le quitaré lo único que tiene, me llevaré su confianza. Siempre es más fácil quitar que poner. Y, como usted ya sabrá, en diligencias de este tipo nunca he fallado, pero esta vez se la voy a tener que cobrar.” Amílcar levanta la mirada. Parece como si la sabandija hubiera encontrado la ocasión para saltarle al cuello. Así le premia el destino por un año y medio de paciente y silencioso acecho. Él mismo se ha puesto en bandeja con sus debilidades, le está bien empleado por maricona. Jefferson continúa sonriendo, igual que debió hacerlo Abdul en esa cabina, igual que lo hicieron esos infelices del pasillo, celebrando una desgracia inesperada que les hace creerse a su mismo nivel y contagiados de su excelencia. Cuando se va por la vida dejando una estela de deseo y envidia, uno no puede esperar que le perdonen las frustraciones causadas.

Nunca sabrá si lo que Jefferson pretendía era un polvete rápido, guarro e impersonal o una tierna velada de pasión y confraternidad. Y no le importa morir con la duda. Visualizarlo jadeando le provoca vértigo. Cualquier escenario sexual con él constituye una aberración imperdonable, incluso para un estómago bien curtido como el suyo. Y la penitencia no terminaría ahí, porque después habría que soportarle cada día pletórico por su victoria, convencido de una camaradería que solo existe en su imaginación, e ignorando la gratitud que debería mostrar por cada uno de los días que, tan inmerecidamente, ha compartido su mismo techo. Es un precio demasiado alto como para permitírselo, incluso suponiendo que nada llegara jamás a oídos de terceras personas, cosa más que probable, porque este tipo de escoria es incapaz de saborear sus trofeos sin que otros le hagan de notarios.

Jefferson se lo toma mal. Exige, blasfema, llora de rabia. Y amenaza, aunque no concreta. Resulta aún más patético desde su miserable convicción de la legitimidad. Después, se encierra en su habitación de donde no vuelve a salir hasta la mañana siguiente, cubierto con un ridículo manto de dignidad e indiferencia. Ha tomado resolución de no volver a dirigirle la palabra a Amílcar y consigue mantenerse firme en esta nueva postura durante días y semanas. Y como una situación así es difícil de soportar, Amílcar decide no hacer nada por mejorarla. Jefferson no aguantará mucho. Terminará resquebrajándose por dentro, infectándose con su propia ponzoña y claudicando. Tal vez, entonces se mude a casa de una de esas amigas que tiene, renunciando al piso y dejándoselo a su entera disposición. Porque él, desde luego, no piensa moverse de ahí. Amílcar encara el futuro con esta esperanza en el corazón y el ánimo renovado, pero vuelve a equivocarse.

La criatura se queda.

Sí es cierto que habrá cambios en la vida de Amílcar, aunque una vez más, no los que él calcula. Todo empieza con una alopecia fulminante que le deja prácticamente calvo en el corto espacio de dos meses. Es un efecto secundario relativamente habitual en los tratamientos con esteroides como al que se ha sometido, nada extraño, si no se tiene en cuenta la celeridad con la que se presenta en este caso. Mucho más insólita resulta una segunda secuela que ni su entrenador ni su médico de cabecera consiguen explicarse. Se trata de una hipertrofia muscular que desplaza casi imperceptiblemente la línea armónica de su torso borrando cualquier efecto de proporción. Sus músculos siguen ahí, más tonificados que nunca, pero parecen empeñados en alejarse del canon de belleza grecolatino en un desafortunado alarde de creatividad propia. Sus abdominales se inflaman imitando a una barriga, sus trapecios se disparan hasta parecerse a una chepa y sus pectorales adoptan un ángulo imposible como si su esternón gritara por salir.

Hay un último efecto que tardará más en descubrir a pesar de ser el más llamativo de todos. Consiste una curiosa levedad que se instala en sus cuerdas vocales agudizando su timbre de voz y dotándolo de una tesitura que para sí quisiera el mejor de los contraltos. A Amílcar le lleva demasiado asimilar lo que ven sus ojos como para prestar atención a sus oídos, que como ya se sabe, suelen crear una idea engañosa de la voz propia. Finalmente, se rinde ante las sospechas y decide grabar un padrenuestro en un cassette virgen para poder evaluar la gravedad del asunto. Y lo que escucha le deja horrorizado. Que le aspen si no está empezando a soltar la pluma.

Desgracias como estas tienen la mala costumbre de cebarse con la cara, la desangelan. Matan la mirada, destensan las carnes y enferman la piel. Marcan con un estigma que se termina asumiendo; asumes ser gris. Pese a que en un principio cree que ya no podrá volver por la sauna, ahora tiene que hacerlo a diario. El que cada vez va menos por ahí es Ricardo, aunque todavía se deja caer de cuando en cuando para ver qué tal. Son días en los que Amílcar prefiere no pasearse mucho y se escabulle a dormir a una cabina, o directamente a casa. El día que se dé cuenta de que Ricardo no es capaz de reconocerle, dejará de hacerlo.

 



Urdu.