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Amílcar |
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A día de hoy, ya todos han desistido de follárselo. Acude tres o cuatro tardes por semana y siempre arrasa con los mejores clientes, que llegan dispuestos a esperar turno mientras que los demás chicos les acosan sin éxito. El único dato que han podido sacarle, a parte de su nombre, es su nacionalidad: venezolano, pero esto no le obliga a confraternizar con los otros latinos que paran por ahí. Al final de la jornada, las duchas se vacían cuando él entra, las conversaciones en los vestuarios se cortan bruscamente, y de regreso a casa, los viandantes que se cruza bajan la mirada dócilmente, como si se disculparan al pasar.
Para Amílcar, un físico como el de Jefferson conlleva una responsabilidad en la vida, la de pasar desapercibido. Pero éste no termina de llegar a la misma conclusión. Es escandaloso y vivaracho hasta el paroxismo, como una colegiala cursi que se sabe la protagonista el día de su cumpleaños. A decir verdad, todos los días en la vida de Jefferson parecen ser su cumpleaños, y sin embargo, nunca alcanza la edad suficiente para aprender a moderarse. Después de un año y medio en Madrid todavía se emociona con las mismas pendejadas igual que el primer día, emitiendo histriónicos grititos que Amílcar traduce en su cabeza como un mensaje claro: ‘¡Gallegos, son ustedes maravillosos! ¡Soy una rata sudaca y me meo de gusto por estar entre ustedes!’. Amilcar evita por todos los medios ser visto en compañía suya, pero no siempre es fácil quitárselo de encima. Hoy, sin embargo, se alegra de saludarle. Por fin va a resultarle útil. “Necesito que me hagas un amarre”. Amílcar nunca usa la toalla que le dan en la sauna porque lleva la suya propia, que no solo es de Armani sino que, además, tiene un bolsillo para guardar cosas, como una tijerita de uñas, por ejemplo. “¿Me traes vello?” Tarde tras tarde, Amílcar extiende su toalla de Armani sobre la colchoneta de una cabina y se tumba a esperar con la puerta entreabierta, paciente como una araña, a alguien digno de su interés. “Sí, de la cabeza y del pubis.” Y tendría que estar preparado para retenerlo cuando llegara ese momento. Es ahí donde entra Jefferson. “Has de llenar este pote con tu leche y rezarme tres padrenuestros, pero luego. Ahora, hábleme de él.” Bueno, no era precisamente guapo, ni siquiera atractivo. Tendría unos treinta y cinco años y estaba gordo. Tenía demasiado vello, se estaba quedando calvo y debía ser muy miope, porque no se quitó las gafas ni dentro del baño turco. Era completamente pasivo y tenía una pluma que mezclaba el pijismo con la solemnidad. A pesar de lo ridículo que se veía en toalla, se permitía el lujo de mirar a todos (incluyéndole a él) con cierta displicencia, por lo que tampoco puede decir que le haya caído bien. No obstante, es el director de una agencia de publicidad. Se llama Ricardo.
En fin, si todo sale bien pronto podrá deshacerse de él. Como si le da por usarla de colutorio. Amílcar aprovecha la ocasión para cambiarse corriendo. Se le ha terminado la glutamina y debe apurarse si no quiere que Jefferson se le acople. Todavía hace frío para ir sin mangas, pero no puede esperar a lucir en sus bíceps el ciclo que se ha metido durante el invierno y su nuevo tatuaje, una ‘K’ como el logo de Kellog’s.
Amílcar camina de vuelta a casa sobrecogido, tanto que esta vez ni siquiera repara en las miradas que le acribillan. Será mejor no decirle nada a Jefferson, cualquiera le aguanta sabiéndose tan eficaz. Además, no es seguro que él haya tenido nada que ver en lo que puede ser fruto de una casualidad, o más probablemente, de sus propios méritos. Los gallegos se impresionan con nada, aunque este no parecía especialmente impresionado. No había el menor rastro de deseo o de admiración en su mirada. Era más bien algo así como codicia. La de esta noche será su primera fiesta de nivel en España. Como sabía que este momento llegaría tarde o temprano, Amílcar ha invertido un generoso presupuesto en cada una de las prendas que han aparecido en los últimos cinco montajes de moda del Shangay. Por lo demás, si se queda callado durante toda la noche evitará que algún comentario inapropiado empañe su presencia. Aunque pudiera elegir entre la distancia y la cordialidad, siempre resulta más misteriosa la primera. “¿Quedó con él?”, “¿Con quien?”, “Con la pija”, “Tu estás loco.”, “Entonces, ¿por qué hace abdominales a estas horas?” Amílcar se concentra en sus jadeos para no responder y Jefferson se marcha despechado, probablemente al locutorio, para quedar con alguna amiga en algún antro indecible donde pongan a Paulina. Tendida sobre la cama, la ropa del Shangay no se ve muy diferente de la que pueda tener la criatura en su armario. Esta parece leerle el pensamiento y le escupe desde la puerta: “Mira, no olvide hablarle de Medellín. ¡Cuéntele que es lindo!” Desde el día que se convenció de que jamás llegaría a parecerse a él, Jefferson vive obsesionado en demostrarle que no hay tanta diferencia entre ellos dos.
“Nos
vamos a casa de Norberto. Yo que tú, vendría”.
Lo que suena como una prolongación de la fiesta es en realidad
un trío con Ricardo y su ex. No contaba con la otra, pero es probable
que cumpla un papel importante en todo el proceso, así que no está
de más ir intimando. Ricardo evita preliminares y se tumba con
varias almohadas bajo la pelvis para facilitar una penetración
sin que el pobre se canse. Mientras tanto, Norberto se mantiene a un lado,
observando, masturbándose y tomando fotos. Al rato se aburre y
le ordena que eyacule en su boca, instante que asegura retratar con gran
sensibilidad. Ricardo corre a enjuagarse y los tres terminan en la ducha.
Amílcar ya se imagina en su camita saboreando la satisfacción
del deber cumplido, sin sospechar el potencial creativo de la fotógrafa
mejicana. Ricardo corta el agua y Norberto compone: su ex tumbado boca
arriba en la bañera y Amílcar encima, apoyando la nuca sobre
su pecho. A continuación, alcanza su cámara, pone un pie
en el borde de la bañera y flexiona las rodillas. A pesar de los quinientos euros, vuelve a casa caminando con la esperanza de que los aromas urbanos le ayuden a recuperar el olfato. En una de las calles se cruza con una horda de maricas empastilladas saliendo de un after, gallegas todas ellas, osadas como sólo las gallegas empastilladas se creen con derecho a ser. Amílcar escucha risitas detrás suyo. Es natural. La mediocridad es rencorosa, piensa, y se delata fácilmente. Gracias a Dios, Jefferson todavía no se ha levantado. Amílcar se escabulle con sigilo a su habitación y se desnuda para acostarse, no sin antes concederse sus quince minutos de rigor frente al espejo. Entonces se da cuenta de que tiene que volver a ducharse. Se ha dejado algo de mierda en el ombligo. Se impone una conversación con la criatura. Es necesario conocer su margen de error y si cabe la posibilidad de un segundo intento, algún apaño definitivo que no se quede a mitad de camino y a prueba de ex novios. Y si esto no fuera posible, tal vez disponga en su repertorio de otras opciones que le ayuden a desquitarse. Al fin y al cabo, él siempre anda diciendo que es más fácil quitar que poner. “¿Qué pasó? ¿Te trató como a un sudaca?”. Jefferson está resentido, pero va de culo si espera algún tipo de compensación. Y es listo, el hijo de puta, aunque débil. “Tienes un estómago bien lindo. Si te disciplinaras un poco lo tendrías tan marcado como yo. Te voy a robar del gimnasio una tabla de ejercicios, ya tu vas a ver cómo te pones.” Suficiente. Como le dijo una vez un cliente, tira más pelo de polla que cabo de cabestrante. No sabe qué es cabo de cabestrante, pero aún así le hizo gracia. Y en cuanto al pelo de polla, Jefferson todavía conserva el de Ricardo, aunque solicita una segunda muestra de semen.
Jefferson ha llegado a la conclusión de que no hace falta una tabla de abdominales para hacer abdominales. Además, como tenga que esperar a que ese cretino se acuerde de traérsela no empezará nunca. Es verdad que tiene un estómago liso y lampiño, y a poco que se esfuerce no tardará en conseguir ese six pack tan deseado y deseable. Quizás entonces se decida a hacer algo por sus brazos, hombros y pecho, aunque aún no sabe exactamente el qué. Comienza con series de diez, pero, coño, cómo joden. Cuando está a punto de abordar la tercera ronda, escucha el golpe de la puerta y corre a esconderse a su habitación. Hoy no tiene humor para sarcasmos.
Una tímida sonrisa se dibuja en la cara de la criatura. Primero intenta borrarla, pero enseguida se da cuenta de que ya no es necesario seguir disimulando. “No se preocupe, compadre. Déjemelo a mí. Le quitaré lo único que tiene, me llevaré su confianza. Siempre es más fácil quitar que poner. Y, como usted ya sabrá, en diligencias de este tipo nunca he fallado, pero esta vez se la voy a tener que cobrar.” Amílcar levanta la mirada. Parece como si la sabandija hubiera encontrado la ocasión para saltarle al cuello. Así le premia el destino por un año y medio de paciente y silencioso acecho. Él mismo se ha puesto en bandeja con sus debilidades, le está bien empleado por maricona. Jefferson continúa sonriendo, igual que debió hacerlo Abdul en esa cabina, igual que lo hicieron esos infelices del pasillo, celebrando una desgracia inesperada que les hace creerse a su mismo nivel y contagiados de su excelencia. Cuando se va por la vida dejando una estela de deseo y envidia, uno no puede esperar que le perdonen las frustraciones causadas. Nunca sabrá si lo que Jefferson pretendía era un polvete rápido, guarro e impersonal o una tierna velada de pasión y confraternidad. Y no le importa morir con la duda. Visualizarlo jadeando le provoca vértigo. Cualquier escenario sexual con él constituye una aberración imperdonable, incluso para un estómago bien curtido como el suyo. Y la penitencia no terminaría ahí, porque después habría que soportarle cada día pletórico por su victoria, convencido de una camaradería que solo existe en su imaginación, e ignorando la gratitud que debería mostrar por cada uno de los días que, tan inmerecidamente, ha compartido su mismo techo. Es un precio demasiado alto como para permitírselo, incluso suponiendo que nada llegara jamás a oídos de terceras personas, cosa más que probable, porque este tipo de escoria es incapaz de saborear sus trofeos sin que otros le hagan de notarios. Jefferson se lo toma mal. Exige, blasfema, llora de rabia. Y amenaza, aunque no concreta. Resulta aún más patético desde su miserable convicción de la legitimidad. Después, se encierra en su habitación de donde no vuelve a salir hasta la mañana siguiente, cubierto con un ridículo manto de dignidad e indiferencia. Ha tomado resolución de no volver a dirigirle la palabra a Amílcar y consigue mantenerse firme en esta nueva postura durante días y semanas. Y como una situación así es difícil de soportar, Amílcar decide no hacer nada por mejorarla. Jefferson no aguantará mucho. Terminará resquebrajándose por dentro, infectándose con su propia ponzoña y claudicando. Tal vez, entonces se mude a casa de una de esas amigas que tiene, renunciando al piso y dejándoselo a su entera disposición. Porque él, desde luego, no piensa moverse de ahí. Amílcar encara el futuro con esta esperanza en el corazón y el ánimo renovado, pero vuelve a equivocarse. La criatura se queda.
Hay un último efecto que tardará más en descubrir a pesar de ser el más llamativo de todos. Consiste una curiosa levedad que se instala en sus cuerdas vocales agudizando su timbre de voz y dotándolo de una tesitura que para sí quisiera el mejor de los contraltos. A Amílcar le lleva demasiado asimilar lo que ven sus ojos como para prestar atención a sus oídos, que como ya se sabe, suelen crear una idea engañosa de la voz propia. Finalmente, se rinde ante las sospechas y decide grabar un padrenuestro en un cassette virgen para poder evaluar la gravedad del asunto. Y lo que escucha le deja horrorizado. Que le aspen si no está empezando a soltar la pluma. Desgracias
como estas tienen la mala costumbre de cebarse con la cara, la desangelan.
Matan la mirada, destensan las carnes y enferman la piel. Marcan con un
estigma que se termina asumiendo; asumes ser gris. Pese a que en un principio
cree que ya no podrá volver por la sauna, ahora tiene que hacerlo
a diario. El que cada vez va menos por ahí es Ricardo, aunque todavía
se deja caer de cuando en cuando para ver qué tal. Son días
en los que Amílcar prefiere no pasearse mucho y se escabulle a
dormir a una cabina, o directamente a casa. El día que se dé
cuenta de que Ricardo no es capaz de reconocerle, dejará de hacerlo. |
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