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TOCANDO
TECHO
Este fin de semana ha saltado
a los medios de comunicación otra de esas noticias que da que pensar.
Yo subía precipitadamente a casa para cumplir una tarea inconfesable
cuando me encontré con mi compañera de piso ejerciendo una de sus
funciones vitales más básicas: ver la tele. "¿Sabes cuál es la última?",
me preguntó. Pues resulta que había aparecido
un individuo diciendo que había sido violado por
Marujita Díaz cinco años atrás.
El titular de la noticia no me impresionó demasiado, cosas más raras
se han visto últimamente, pero nuestro héroe era digno de mención.
Hablaba con frenillo y llevaba puesto un sombrero de lluvia (como
el que se ponen los yonkis cuando teletransmiten sus agradables
veladas con el Febreeze), gafas de sol en plan Ania y abrigo de
paño hasta los tobillos con prominentes puños y cuello de piel de
algún bicho.
Según sus palabras, se había embutido en este atuendo para pasar
desapercibido porque Dinio, con esa mala hostia de chapero de malecón
que sus ocho años de estudios superiores en Yale no han conseguido
domar, ha prometido partirle los morros en cuanto le vea. (Diez
a uno a que eso ocurrirá dentro de poco y con una cámara delante).
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'El
Monje', que así es como se hace llamar dicho personaje,
ya disfrutó de sus quince minutos de gloria en 'Moros y Cristianos'
protagonizando un enfrentamiento dialéctico sin precedentes
con el inefable Padre Apeles, pero parece que se quedó con el
gusanillo y ahora regresa con la intención de conseguir otros
quince.
Hoy me he enterado de que su representante no es otro que el
abogado Rodríguez Menéndez y que están planeando exigirle en
los tribunales veinte millones a la venerable folclórica por
tan desafortunada tentativa. |
| Lo curioso
es que lo que me llamó la atención no fue el titular de la noticia
en sí, sino las torpes inflexiones de voz de su protagonista,
su gangoseo, el nerviosismo con el que se enfrentaba a las cámaras,
pero no lo incongruente de su historia. Eso lo pasé por alto
hasta unos minutos después. |
Y eso es lo verdaderamente
significativo, el hecho de que sea el continente y no el contenido
lo que me chocara de una historia tan barroca como la que acababa
de escuchar. En una brillante asociación de ideas (de
esas que hacen las delicias de mi representante, que ahora está
en Portofino recibiendo una inyección de colágeno para matizarse
un poco los pómulos) me acordé de Bob Geldof, ese cantante
inglés que allá por los ochenta organizó esos dos macroconciertos
en Inglaterra y Estados Unidos con el fin
de recabar fondos para ayudar a los niños de Etiopía que, por aquellas
fechas, se estaban muriendo de hambre. Como ahora se mueren de Sida
o difteria ya no hace falta que organicen nada, menos mal.
Pues bien, nuestro coleguita Bobby estaba muy preocupado porque
pensaba que una saturación de imágenes en la tele de esos niños
cubiertos de moscas y con el estómago hinchado como si estuvieran
gestando un Furby podía conseguir que la gente desarrollara
indiferencia ante problemas de este tipo. Qué ingenuos eran todos
allá por los ochenta, ¿verdad?
SIGUIENTE
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