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- CARTA CARGADA DE RESENTIMIENTO -

-La semana pasada nuestros entrañables mentores yonkis tuvieron la gentileza de ofrecernos otra de sus ya célebres macroencuestas de esas que son la envidia de Demoscopia. La pregunta que se nos hacía era sencilla, directa y algo prosaica: "¿cuántos veranos tiene tu cuerpo?" Pues bien, resultó que el cuerpo de la mayoría de adictos a esta página tiene unos pocos veranos menos que el mío, no demasiados, ya que yo me encontraba en la tercera franja más votada, la que iba desde los 26 hasta los 30, frente a la que iba desde los 21 hasta los 25, que era la mayoritaria.
Era un dato más que viene a agregarse a la ensalada de datos que últimamente pululan por mi cabeza produciéndome una sensación frustrante y despiadada: niñatos bastardos, estáis empezando a hacerme sentir viejo.

La Liga de Países Árabes, reunida la semana pasada para cagarse en toda la estirpe milenaria judía, se concedieron un Kit Kat de un par de minutos con el fin de divagar sobre si esta última encuesta yonki bastaría como detonante para que me tuvieran que volver a recetar Prozac por segunda vez en este año. No habiendo llegado a ninguna conclusión, me suplicaron un comunicado público y oficial que les despejara sus dudas y, así, poder dedicar su tiempo a cuestiones más importantes (tráfico de esmeraldas, creación de un organismo que regule las ablaciones de clítoris, la clonación de células rescatadas de la momia de Amenophis IV...) Pues no, mis queridos amigos. Últimamente vengo sospechando que la culpa de mi injustificado y precoz sentimiento de vejez se debe a mi progresiva pérdida de interés en el principal elemento que me ha dotado de alegría y ganas de vivir durante toda la última década: la fiesta.

Lamento profundamente el acto terrorismo juvenil que me dispongo a perpetrar, comparable tan solo con revelarle a un niño la verdadera procedencia de sus regalos de Reyes. Y es que, mal que os pese, vuestro entusiasmo por la fiesta (y por tantas otras cosas) se irá disolviendo como se disuelve la alegría de ver llegar la Navidad año tras año. Intento analizar vuestro frenesí por pasar horas colgado al teléfono en busca de psicotrópicos, por agarrar dos líneas de autobús y una de metro desde Torrejón hasta el centro, por aguantar las impertinencias de un portero rumano lobotomizado (pretendiendo quizás cicatrizar con su pose las humillaciones sufridas durante su infancia por ser el más pringado de algún colegio de aldea a tres horitas de Bucarest) o por embutiros en un cuartucho petado de niñatos bastardos como vosotros en donde, lejos de ser capaces de bailar, tan solo podéis aspirar a dejar charcos de sudor en el suelo, comeros los pellejos de los labios, o pegar unos cuantos gritos absurdos sólo porque el resto de la pista también los está pegando. Con todo esto en la cabeza me pregunto "¿No eras tú igual? ¿No te jode más de la cuenta el haber perdido las ganas de ser tan bobo como ellos? ¿Qué había en tu caso que justificaba ese comportamiento que en el caso de estos teletubbies vestidos de Carhartt no es justificable?" Después de meses de tratamiento con ansiolíticos he llegado a esta desoladora conclusión: en mi caso todo ello era sincero. En el vuestro (salvo contadas excepciones) no es más que una fachada.

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