Querido señor Inner, celebro contar con su colaboración una temporada más (ver #7, 10, 13 y 18 ) y poder citarle como ejemplo a las nuevas generaciones de hasta dónde se puede llegar en esta sección con perseverancia y buenos modales. De pipiolo malencarado a grouppie honorífica, algo ajada y correosa, es cierto, aunque mucho más afable que todas esas niñatas procaces que montan bulla en la puerta de mi backstage por entrar a comérmela. Porque, si me paro a echar a cuentas, ya son unos años los que lleva amortizando esa firma que encontró tan sugerente en la primera réplica que le dediqué. En esta ocasión no es la firma la que me preocupa sino la mentira que hay en ella, que no tendría mayor importancia si fuese una mentira flagrante o si no supiéramos ambos que es algo mucho peor. Es un proyecto que se está demorando más de la cuenta. Aparte de años académicos y frustraciones sexuales, ¿ha cosechado alguna otra vivencia durante este paréntesis que suponga alguna novedad respecto a sus aportaciones previas a esta sección? Sería interesante tener constancia de ella.
Bueno, para hoy tenemos a tres borrachas meando y a usted haciendo el gilipollas, en su línea, esta vez con una frase que podría estar sacada de una obra de Mihura y que debería tatuarse en el reverso de los párpados como penitencia. ¿Realmente va por ahí diciendo esas cosas? Así no se va a comer una rosca, y le urge. No obstante, debo advertirle de los peligros que conlleva un cambio de registro sin que sea refrendado por una meditación serena. Sería deseable el más asertivo y canalla del que se sienta capaz, pero me da pavor imaginar hasta dónde podría llegar combinándolo con esa soltura que derrocha con el sexo opuesto. ¿Por qué le imponen tanto, señor Inner? Son frágiles y solícitas, igual que usted. Sólo buscan un instante fugaz de cálido arrobo, pero este mundo es frío, yo qué le voy a contar, así que las pobres no pueden ser tan explícitas como ellas quisieran y se ven obligadas a encriptar sus mensajes, antaño con abanicos, hoy induciéndose el vómito, abortando con perchas o meando en la calle. Desmelénese, amigo Inner. Sáquese el rabo y méelas usted. Los primeros instantes parecerán perplejas, pero no se amilane: estarán fingiendo. Supere esos segundos atroces y verá desplomarse cinco mil años de represión y convencionalismos que le separan de aquellos ángeles. Tan fácil como sacarse la chorra y cerrar la puta boca, no vayamos a cagarla con alguna otra lectura inoportuna, que se impresiona usted con cualquier pamplina, amigo mío.
¿Veis qué agradable es todo cuando se hacen las cosas bien? Al amigo Inner se le va un poco la mano con las cartas, pero la vida le va amansando, y si ahora le pides que te la repita dos, tres y hasta cuatro veces al final te manda algo razonablemente ligero, aunque sea la misma mierda que lleva puliendo tres años como uno de esos autores paisajistas consagrados de por vida a la perfección de una misma estampa. Desgraciadamente, esto no lo puedo hacer con toda la morralla que mandáis. No debéis olvidar que, a grandes rasgos, no me interesáis una mierda, y que la única vía que tenéis para optar a mi consejo pasa por someteros a dos normas muy simples y tan viejas como el Inner o la orilla misma del río: brevedad y originalidad. Ni el Inner ni yo predicamos con el ejemplo porque ya somos clásicos y no nos queda nada por demostrar. Este no es vuestro caso. Acatad.
El Replicante
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