Que no falte. Entre otras calamidades eso es lo que ha traído el nuevo milenio a nuestra escena electrónica, una invasión de perroflautas que creen que es igual de molón romper aguas en el desierto de Monegros como plantar tomateras en las axilas de sus hembras. Pocas opciones más quedan para aquellos que, viviendo por bajo del umbral de pobreza, se empeñan en ir de guayones. A Iñaki y sus amigos el guayonismo se les presupone, pero no debemos meterles en ese mismo saco porque ellos no salen de casa con menos de doscientos euros, y luego pasa lo que pasa, que se les va la manita, se me rayan y se pelean, y entonces seguramente lo graben con el móvil.
Las primeras pandillas suelen ser ecosistemas minúsculos, irreales y perfectos, como cápsulas de Sea Monkey que evolucionan al abrigo de un suero tibio y protector. Pero estas capsulitas son frágiles y cascan en seguida. Con que dos se casen, dos se maten y uno se quede calvo se jode el invento, y a uno se le presenta la inquietante necesidad de reubicarse. Nada terrible, de acuerdo, y menos con veinte años, cuando la bioquímica presente hace que cualquier alternativa parezca tentadora. Ésta es de hecho la primera de todas las crisis de la juventud, cuando asistimos a la muerte de nuestro edén primigenio. Es en la que menos se llora siendo en la que más se pierde. Porque si creíais que eso era el principio de la felicidad os equivocabais: eso era la felicidad, toda ella.
Concretemos en tu caso. Tú, por ser el más sensato, serás el primero en abandonar la nave, igual que las ratas. Como veo además que escribes relativamente bien voy a ser generoso augurándote unos estudios sin sobresaltos y un puestito en la sucursal de algún eventual suegro. El apego que ahora sientes por tus amigos irá disminuyendo conforme aumente la distancia que os separe. Poco a poco te irás relamiendo, aburguesando y engordarás, y ellos irán adaptando sus hábitos de consumo a sus nuevas circunstancias, ya sin el entusiasmo de la novedad y sin la bula bendita de la juventud, por rutina. Entonces tú ya habrás olvidado esas ideas que ahora te rondan de querer ayudarles para compadecerlos abiertamente. Abiertamente a sus espaldas, claro, porque con ellos harás el papel de tío en forma, de old-schooler, de alguien en quien confiar. Será un escena patética y te recomiendo que la evites. Hazte el distraído, ellos harán igual.
El Replicante
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