Es evidente que muchos de vosotros tenéis problemas para distinguir cuando hablo en serio y cuando no. La culpa es sólo mía por pedante y rebuscado, pero hay momentos en los que la lucidez se impone y uno comprende que nada de lo que se dice está exento de responsabilidad, y entonces se toma conciencia de lo peligroso que puede ser sacrificar la claridad de un mensaje para que éste resulte más estético o efectista. En esta ocasión, amigo Livingstone, has ido a tocar un tema con el que no me gusta frivolizar, así que si pensabas recibir como premio alguna coñita ingeniosa, algún latigazo viperino de esos que hay que leer dos veces o alguna palabrita disonante coronando una subordinada diabólica, pasa directamente a la siguiente réplica, porque es muy probable que lo que viene a continuación no esté a la altura de tus expectativas.
Me da la impresión de que nunca has tenido motivos para pensar en el VIH más que como un contenido lo bastante cañero como para aparecer en esta sección. Me da la impresión de que lo poco que has oído hablar del tema te ha sonado tan impersonal y distante como quien oye que el IPC ha subido por culpa de pollo o que Raikkonen se equivocó en la elección de neumáticos. Esto probablemente se deba a que no tienes ningún amigo seropositivo, al menos que tú sepas, porque si lo tuviera no habrías escrito una carta tan hedonista y exótica, tan canalla y cosmopolita, de esas que no me resisto a publicar y que mis lectores adoran. Pero no hacía falta que te fueras tan lejos. Me habría bastado que la ambientaras en cualquier ciudad española para animarme a contestar. Ahora imagínate que soy el Espíritu de las Navidades Presentes y acompáñame a dar un paseo.
Un bakala y su piba entran en un Zara. Fíjate en la dependienta que les atiende, qué tetas tiene y cómo lo sabe. Una madre pelea con su hija porque ésta quiere un Calippo. Una estudiante desgarbada corre patosa detrás de unos apuntes que se lleva el viento mientras una pareja de policías la observan, divertidos, ajenos al hecho de que una directora de casting se ha saltado un semáforo delante de sus narices. Un señor anodino pasa por delante. También sonríe, pero en su caso es porque le acaban de promover y está pensando en celebrarlo.
Yo distingo tres tipos de seropositivo:
- 1) Los que no saben que lo son ni quieren saberlo. Total, a ellos no les va a tocar nunca, y si les toca ya se enterarán. Mientras tanto, si puede ser a pelo, mejor, porque una piba follada con goma cuenta menos. Es como si no te la terminaras de follar del todo, dicen.
- 2) Los que saben que son seropositivos porque les ha sido diagnosticado pero no se lo cuentan a nadie, y menos a las personas con las que consiguen ligar y a las que intentarán por todos los medios follarse a pelo. Asumir que eres seropositivo puede resultar muy duro, y hay gente que termina desarrollando comportamientos tan extraños como este. Especular sobré qué procesos han seguido tales sujetos hasta aplicar esta conducta me llevaría demasiado tiempo, así que os dejo que saquéis cada uno vuestras propias conclusiones. No quiero parecer apocalíptico: son pocos, pero es fácil imaginar lo productiva que puede resultar su labor individual a lo largo de los años. Este grupo, por cierto, se nutre sexualmente de miembros del grupo anterior.
- 3) Los que un buen día se enteran de que son seropositivos y deciden vivir los muchísimos años que les quedan responsablemente, sin complejos ni estigmas, en plenitud, y aprovechando un tiempo que, tal vez en otras circunstancias, estarían desaprovechando. Si algún lector se siente identificado con esta tercera descripción, desde aquí le hago saber que cuenta con todo mi apoyo.
Tú me pedías una sugerencia creativa al final de tu carta y yo he terminado yéndome por las ramas, como de costumbre. Me vas a tener que perdonar, pero mi sugerencia no puede ser más previsible: acude cuanto antes a tu médico de cabecera y dile que llevas tiempo manteniendo relaciones de alto riesgo. Te dará cita para hacerte un análisis de sangre. El resultado tardará una semana en llegar. No es mala idea que te recete algún ansiolítico para pasar esos días con relativa tranquilidad, pero eso no saldrá de él, se los tendrás que pedir tú. En el transcurso de esa espera, tú solito te irás respondiendo esas preguntas que me haces en tu carta.
El Replicante |