El
piso de Epi y Blas era un asqueroso chamizo de quince metros cuadrados
en el que había dos camas, una estantería, un lavabo,
una mesa camilla con un brasero que estaba empezando a quemar las faldillas
de la mesa, una ducha sin mampara que goteaba arrítmicamente,
un retrete con inodoro incrustado en la pared y una cocina que siempre
olía a butano.
Habían llamado al fontanero una semana atrás, pero no
había venido y el inodoro desbordaba excrementos por todas partes,
con lo que el olor del chamizo era aún más apestoso, entre
butano, mierda y los platos sin fregar en el lavabo.
Blas dormía su siesta tranquilamente mientras Epi, nacional-bakaladero,
tenía la música bakalao hardcore a todo volumen y bailaba
sin control alguno, pues los tripis le habían dejado muy colocado.
Blas se levantó, molesto por la música y le dijo a Epi:
- Joder, Epi, no sé que es mas asqueroso, si la puta basura del
bakalao este de los cojones o el olor a mierda del water.
Epi, que estaba colocadísimo por culpa de los tripis, le dio
una rotunda patada a Blas en la cara con sus Doctor Martins y lo dejó
inconsciente.
Chema hizo su aparición en la caótica plaza. En una muralla,
unos niños asaban viva a la gallina Caponata, quien no quería
venderles quinientas papelas de jaco. En el centro de la plaza, niños
y niñas por el suelo, borrachos como cubas, y dentro del kiosko
don Julián pajeandose con el Interviu. Ana recuperaba poco a
poco la consciencia y pudo apreciar su chándal nuevo hecho jirones.
Al ver que estaba manchada de semen azul, se dio cuenta de que sólo
podía ser don Pimpón el autor de una machada semejante,
así que fue hacia donde estaba. La cuestión es que Ana
arrancó una farola y empezó a hostias con el pobre Don
Pimpón, a quien consiguió estallarle el bazo.
Pues bien, Chema, el panadero yonki, asaltaba a los transeuntes diciéndoles
aquello de:
- Oye colega, me dejas cinco duretes que tengo que llamar por teléfono...
es que tengo que llamar al hospital, tronco, que está mi hermano
allí...
Alguna vieja le daba los cinco duros, pero aún no tenía
lo suficiente para comprar toda la droga que quería. Por eso
fue a ver a su amigo Espinete.
Espinete
ya había recobrado la consciencia en el suelo inundado de su
lavabo. Tras potar por enésima vez, fue a abrirle la puerta a
Chema, quien le pedía una hipodérmica. Espinete, con babas
en el hocico, le dijo que sólo tenía una usada, pero a
Chema le daba igual porque ya tenían los dos el sida.
En la calle un niño comía un muslo de la gallina Caponata.
En mitad de la plaza hizo su aparición Super-Coco.
- ¡Hola niños y niñas! Soy Super-Coco y os voy a
enseñar la diferencia entre el vodka de marca y el vodka de garrafón.
Los niños y niñas que aún sobrevivían atendieron
con gran interés las palabras de Super-Coco. Este, al terminar
la lección, se fue camino de su base en el polo Sur, pero un
avión de la armada de Ceilán lo derribó encima
de Sri Lanka.
Otro que hizo su aparición fue Triqui, el monstruo de las basuras.
Comía todas las basuras que encontraba por la calle; mejor dicho,
las fagocitaba. Las fundas de los burman-flashes se le indigestaron
y tuvo que ir a comprar bicarbonato. De paso se comió a la farmacéutica.
Una ambulancia del SAMUR recogió a Don Pimpón, casi agonizante.
Espinete, rascándose los cojones desde la puerta de su casa,
se preguntaba cuándo llegaría su primo Yupi en su nave.
Poco tardó en llegar, pero cuando llegó le destrozó
la barraca porque en vez de utilizar el rayo tractor usó el rayo
láser. Yupi venía con su amigo Buck Rogers, quien a su
vez llamó a MacGyver para que arreglase la caseta de Espinete
con una caja de cerillas.
Triqui
reapareció diciendo:
- Basura. ¡Quiero basuraaa! Ñam, basura rica. Ñam,
ñam.
El barrendero municipal barrió a todos los niños y niñas
de la plaza, quitándoles eso sí los dientes de oro, las
cadenas, relojes y anillos. Chema yacía muerto debajo de una
farola con una jeringuilla clavada en el brazo derecho, destrozado por
los pinchazos.
Blas recuperó la consciencia por culpa del horroroso olor a mierda
que invadía la habitación. Como era sadomasoquista, empezó
a calentar a Epi gritando cosas como "Viva la república"
o "Berlín, sin muro, no vale ni un duro". Las Doc Martins
de Epi estaban perdidas de sangre por las patadas que daba a Blas en
los cojones.
El
Barrio Sésamo estaba presidido por la música bakalao.
Apareció Gustavo, el reportero más dicharachero de lo
que quedaba de Barrio Sésamo ataviado a lo Perez Reverte en Yugoslavia.
Perejil murió aplastado por Gustavo, quien no se percató
de su presencia. Triqui se comió los restos de Perejil.
Espinete
y Yupi se fueron a dar una vuelta en la nave de este último y
también a ponerle uranio a Chernobil porque no quedaba mucho
en la recámara. Aburrido de su profesión, Gustavo se encontró
a Petete y su puto libro de los cojones y se pusieron a jugar a la ruleta
rusa con la pipa. Al final, Petete no tuvo suerte y una bala atravesó
su cráneo hueco. Quedó tumbado en el suelo, con la cabeza
totalmente destrozada, como si fuese un coco partido por la mitad.
Gustavo
se dedicaba a las apuestas ilegales del barrio. Quería cobrar
a Chema todo lo que le debía, pero al encontrarse el cadáver
no pudo hacer otra cosa más que emprenderla a patadas con su
puta calavera: le arrancó la piel de la cara hasta que se le
vio el cráneo, le sacó los ojos y se puso a jugar a las
canicas con ellos y los cojones. Además, adulteró la droga
con la harina de su panadería. Su principal cliente, Espinete
el traficante, sería la víctima perfecta. Con la piel
de Chema, Gustavo se hizo una gabardina nueva. Se fue a la tienda a
comprar una gilette para acabar de rasurar las cejas, que le quedaban
a la altura del esternón y no eran estéticas.
"Si alguien tapiza su coche con la piel de una vaca", pensaba,
"¿por qué no puedo hacerme una gabardina de camello?".
El problema es que por culpa de los pinchazos en los brazos de Chema,
la gabardina era como un queso gruyere. Ruth se prostituía con
su madre bajo la atenta vigilancia de su padre, el chulo del barrio.
Colombo fue el primer cliente. Despues vendrían muchos otros.
Por
la ventana del piso de Epi y Blas se veía bailar a Epi, y a veces,
a Blas, siempre y cuando su amigo Epi no le pegase muy fuerte en la
cabeza con el bate de béisbol regalo del cojo Manteca, que aún
tenía algunos cristalitos de romper cabinas telefónicas.